N OS repiten machaconamente que el origen de la crisis está en las llamadas hipotecas 'subprime' norteamericanas. También nos insisten en que se trata de un problema de falta de confianza en el mercado. Pues bien, ni lo uno ni lo otro. Ni las hipotecas 'subprime' son la causa última de la crisis ni es ésta una crisis de confianza. Quienes así analizan lo que está ocurriendo simplemente confunden consecuencias con causas y son incapaces de ver más allá.
Esto no tendría mayor trascendencia si el asunto no fuera tan serio ni tuviera las graves repercusiones que estamos viendo. Partir de esas erróneas premisas deja entrever que lo más probable es que, una vez pasada esta crisis, únicamente seamos capaces de llevar a cabo ciertos cambios para que el fondo permanezca igual, que no aprendamos de los errores y que dejemos intactos los defectos de base que verdaderamente están detrás de todo lo que está ocurriendo. Será un grave error no aprovechar esta oportunidad para modificar el mecanismo maldito que nos conduce una y otra vez al desastre.
El origen último de esta crisis, y de las que cíclicamente se vienen repitiendo, es similar. Es cierto que en cada caso se materializa de diferentes formas según el contexto histórico y las circunstancias particulares, pero la raíz se mantiene intacta. El motivo de fondo no es otro que los procesos expansivos de dinero que conducen a niveles de crédito e inversión muy superiores a los que el ahorro generado permite. En otras palabras, el mecanismo de crédito en poder de bancos centrales y entidades crediticias distorsiona el necesario equilibrio entre ambos flujos, endeudando en exceso a particulares, empresas y gobiernos sin tener como contrapartida el ahorro previo que justifique tales prácticas crediticias.
El conocido proceso de «multiplicación del dinero» realizado por las entidades de crédito permite prestar un ahorro no generado, es decir, permite crear dinero «de la nada», hasta el punto de que el dinero en efectivo supone una parte muy pequeña del total. El resto no es más que dinero creado por dichas entidades mediante créditos, de forma que sólo mantienen una ínfima parte de sus activos en efectivo, insuficiente para hacer frente a sus compromisos a la vista si éstos realmente se ejecutaran (técnicamente están en suspensión de pagos). Todos los modernos sistemas de pago, nuevos activos e instrumentos financieros, titulizaciones fuera de balance, entidades de inversión y financiación, etcétera, tienen como principal efecto incrementar la capacidad de expansión del crédito -es decir, del dinero-, y la obtención de mayores beneficios por parte de las entidades de crédito.
Estamos, por tanto, ante un sistema en el que, por una parte, el número de participantes es reducido -esto es, un oligopolio-; por otra, los actores principales están incentivados a expandir el crédito para incrementar sus beneficios y, por último, los reguladores -bancos centrales- actúan como monopolios con la potestad de intervenir los mercados, distorsionar el natural equilibrio entre oferta y demanda de dinero y alterar los tipos de interés.
De esta forma, existe una inherente tendencia del sistema a reducir los tipos por debajo de su tasa natural para expandir el crédito, provocando que éste sobrepase cíclicamente los niveles sostenibles, determinados por el ahorro total de los agentes participantes. Cuando esto ocurre y se presta lo que no hay, se dispone hoy del ahorro de mañana, obligando a la sociedad a generar un cautivo ahorro 'forzoso' en el futuro. Y ahí empiezan los problemas.
Es entonces cuando se desencadena un endiablado proceso. En primer lugar, el exceso de crédito -de dinero- distorsiona los precios relativos y la estructura productiva en favor de aquellos sectores más beneficiados por la afluencia de este dinero barato y por los bajos tipos de interés, no necesariamente los sectores más productivos. Numerosos proyectos de inversión anteriormente no rentables son iniciados por las empresas, e incluso los particulares deciden acometer importantes inversiones, como la compra de vivienda, sin reducir su consumo. La economía crece y los gobiernos recaudan más. El empleo aumenta, las empresas obtienen beneficios, la Bolsa sube y los gobiernos recaudan más. Estamos de fiesta. Todo va bien.
Los únicos síntomas de que algo ocurre es que dichos sectores productivos se sobredimensionan y los precios de los bienes de capital crecen demasiado rápido, pero eso no preocupa. Pero cuando se hace evidente que los excesivos niveles de deuda resultan incompatibles con los simultáneos crecimientos de consumo e inversión ya es demasiado tarde. El exceso de dinero provoca alzas en los precios de consumo, empujando a los bancos centrales a subir los tipos. Familias y empresas tienen dificultades para cumplir con sus compromisos de devolución de deuda y aumenta la morosidad. El consumo se frena y, por tanto, la actividad empresarial se resiente, lo que reduce la inversión. Como consecuencia, el desempleo aumenta, las empresas quiebran, las bolsas caen, el Gobierno recauda menos... es el inevitable ajuste entre ahorro e inversión. Es la crisis.
Por su parte, las entidades de crédito, tras años de enormes beneficios, de expandir el crédito y asumir excesivos riesgos, empiezan a tener problemas. Sus clientes comienzan a fallar, lo que les genera un problema importante, pues han prestado a largo plazo pero se han endeudado a corto. Como sus reservas de efectivo son muy reducidas y sus entradas se reducen, aparecen los primeros problemas de liquidez, por lo que recurren en mayor medida a las líneas de crédito del Banco Central. A medida que la morosidad aumenta, su problema no es ya de liquidez, sino de solvencia. La desconfianza generada reduce los préstamos interbancarios, el dinero escasea, los tipos suben aún más y crédito se contrae, agravando los problemas de particulares y empresas. El Banco Central inyecta más liquidez para evitar la contracción crediticia, pero no es suficiente, porque es mucho más el crédito que dejan de generar los bancos que el que él puede proveer. Algunos bancos quiebran, otros son absorbidos, otros tienen la suerte de ser 'rescatados' por la autoridad monetaria o el Gobierno, realimentando el 'riesgo moral'... y muchos depositantes e inversores con mala suerte o arriesgados pierden todos o una buena parte de sus ahorros.
La quiebra del sistema crediticio se traslada a la economía real, que se deprime con rapidez hasta que el ajuste se completa, dejando a su paso desempleo y destrucción de riqueza. El proceso ha llevado varios años. Es entonces cuando losbancos centrales, «con el fin de reactivar la economía», deciden que lo más conveniente es reducir los tipos de interés...
L a conclusión no puede ser simplemente regular más, es necesario cambiar el modelo. Debe producirse un cambio en las normas que regulan la propia estructura financiera de las entidades crediticias a escala internacional, demostrada la insuficiencia de los acuerdos de Basilea. Es preciso elevar el nivel de fondos propios y sobre todo incrementar el coeficiente de reserva sobre pasivos a la vista hasta su total cobertura, con el fin de evitar los perniciosos procesos expansionistas. También es necesario evolucionar hacia un sistema más competitivo, con una menor intervención de gobiernos y bancos centrales, donde éstos dejen de ser siempre y en todo caso los 'salvavidas' y prestamistas de última instancia de las entidades de crédito. Un sistema donde los tipos de interés no sean distorsionados, sino que sean determinados por el mercado en función de una oferta con un crecimiento no manipulable y una demanda fruto de la necesidad de crédito de los inversores. En definitiva, un sistema donde, como en cualquier otro mercado, exista libertad no sólo para obtener una tasa razonable de beneficios, sino también para obtener pérdidas e incluso desaparecer cuando se cometan errores.