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Sociedad

22.10.08 -

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OVIEDO
Los principales símbolos asturianos, bajo la mirada del mito, la historia y la religión, la Cruz de los Ángeles y la de la Victoria, cumplen este año 11 y 12 siglos de existencia. La primera, donada a la iglesia de San Salvador de Oviedo por Alfonso II el Casto en el año 808. La segunda, justo cien años después, por su descendiente, Alfonso III, también al principal templo ovetense, aunque antes de ese 908 que figura en los libros de historia, la Cruz de La Victoria permaneció en la Iglesia de la Santa Cruz de Cangas de Onís, edificada bajo su advocación. Para celebrar el tiempo pasado entre su elaboración en las manos de expertos orfebres y este siglo XXI la especialista en arte Adriana Suárez coloca sobre sus perfectos trazos nueve miradas modernas para que reinterpreten su alma de madera, sus piedras preciosas y, sobre todo, sus señales. El resultado es una exposición eminentemente pictórica que hoy inaugurarán, en el patio de columnas del palacio del Conde de Toreno, en Oviedo, los Príncipes de Asturias.
«La muestra analiza el símbolo desde todas sus vertientes, desde todas las visiones», explica Adriana, para quien el paso más rotundo dado con esta colección tiene que ver con «acercar el lenguaje contemporáneo al público a través de una referencia cercana a todos».
Su título 'Las cruces del arte'. Sus intenciones, además de hacer ganar territorio habitual al arte de hoy, se centran en pasear, primero por Asturias (ya ha estado en Llanes) y después por Madrid y hasta fuera del país, el encuentro entre las insignias más antiguas y las manos más jóvenes. Manos que, en su mayor parte, pertenecen a una generación, la apodada Bruselas, porque fue en la capital belga donde despertaron sus carreras.
Se reúnen bajo este encargo cruzado de culturas Irma Álvarez-Laviada (Gijón, 1978), Carlos García (Gijón, 1976), Edgar Plans (Gijón, 1977), Jorge Nava (Gijón, 1980), Elena Rato (Oviedo, 1979) y María Vallina (Langreo, 1978). Con ellos hacen piña en el palacio de Oviedo Juan Fernández (Avilés, 1978), Pablo Iglesias (Langreo, 1974), y Kiko Miyares (Llanes, 1977). Éste último es uno de los pocos del grupo que rompe la representación creativa sobre pared, para levantar una cruz en tres dimensiones, como una escultura de madera, que quiere ser tributo a la Cruz de la Victoria.
Pablo Iglesias aporta una elocuente instalación; Álvarez-Laviada, una aportación entre escultura y pintura que se cierra como un puzzle de significados y significantes. Carlos García, por ejemplo, muestra, a lo largo y ancho de tres piezas, la que considera él fue la evolución de la Cruz de la Victoria desde su cuerpo primigenio de roble, hasta la incorporación de la última de las piedras preciosas a su abrigo de oro.
Dos obras suma Juan Fernández a la muestra. La primera un retrato de mujer, con cruz tatuada en el cuello, que funde en su rostro el dolor asociado al símbolo de las dos líneas perpendiculares heredado de la Biblia, con el sufrimiento de una de las enfermedades de nuestro tiempo, el cáncer. Acude también Fernández a esta reinterpretación colectiva de las cruces con otra que es sinónimo de muerte. Dos carreteras que se encuentran, una mujer al teléfono y una cruz de un cementerio completan el segundo cuadro de su creación.
Elena Rato hace alusión a la transformación religiosa y cultural de las cruces, con un discurso de escenario algo barroco. Edgar Plans, que aporta tres piezas en una de las revisiones más diáfanas de los signos a los que acuden todos, como a un maná de conocimiento y también de manifestación creadora.

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