L o cuenta Borrás en sus memorias: la cena de gala, en concesión de no sé qué premio de alto copete, alto vuelo, todo el mundo con la pajarita de rigor, esmoquin negro y sonrisa de burgués pacífico, mueca probablemente beoda y ladeada, hablando sin rubor de sus señoras, de lo estudiadas o sapientísimas que eran, y al fondo, sí, Marsé, de anorak amarillo que, entre copa y copa, hace una breve alocución: «¡Pues la mía, es peluquera!». La naturalidad del escritor proletario, sin ninguna gula y ambición burguesa, en la larga corte de esta raza maravillosa (Vázquez Montalbán, Javier Reverte, Luis Sepúlveda, etc); con sólo interés por el lenguaje, inmerso en el proceloso e híspido o burbujeante mar del lenguaje, sin perder su inmenso concepto de pueblo y gente y fulgor y maravilla.
El Serrat de la literatura, el tipo franco, francotirador de una prosa a lo Hemingway, sin el menor artificio, limpio como los suelos lavados con lejía de la posguerra española (su territorio predilecto) o la pasión legítima sin mas norma que la justicia que la debe siempre anteceder (contra los cegados de pasión misma, bien en ideología o entrepierna, fíjense, va toda su obra).
Canalla, bohemio, sabio, docto, historiador de su barrio del Guinardó, erudito de cubalibres a horas inciertas y un dominio del léxico magistral, propio de quien entra en la literatura por el túnel de la vida y no desde pose alguna. Sonrisa bajo anorak amarillo, seguridad del terreno que se pisa a cada instante. El dedo en la herida y esos libros rotundos, mágicos, sobre una España desolada, en blanco y negro, sobre el centro de toda periferia, que es o debería ser una humanidad acorazada de valores humanos, jamás predadora de sí misma.
Porteras, putas, sabios, policías corruptos, gente de barrio, son los elementos con los que el autor denuncia, escribe, reelabora su particular poética del miedo, de la injusticia, del café de achicoria en tiempos grises en lugar del café/café. La regla máxima que popularizó en mil entrevistas y ponencias: «El adjetivo, cuando no da vida, mata». La huida (¿inexplicable?) del Barroco español, en eso que él llama «prosa sonajero», ausente a todo preciosismo.
La caligrafía silente, la literatura sin ruido, la paciencia franciscana y eterna, la mucha vida recogida del terraplén con ánimo de taxidermista, coleccionista de mariposas, verbo suelto como gaseosa o unicornio en libertad. Ese calor, al fondo de todo su mar helado: nuestro Albert Camus de un existencialismo agudo, extenso, sin una línea de más,
Joyero de profesión, ayudante de joyería en sus primeros años, hasta que se larga a París por consejo de Carlos Barral y sólo vive al temple del manuscrito, de la caligrafía detenida, amadísima, en cuadernos con los que alguien, en otras fechas, seguramente, apuntaba pufos y débitos. Amigo íntimo de Gil de Biedma, con quien veraneaba, sanguinario a muerte por encontrar certezas en teoría literaria.
El Premio Cervantes está bien claro lo que comporta: antesala del Príncipe de Asturias, del Premio Nobel, de la Gloria Eterna. La ceremonia solemne en la Universidad de Alcalá de Henares: ¿Irá de anorak? Juan Marsé, narrador antes que escritor, como dijo de sí mismo, alguien que simplemente quiere contar una historia y, de paso, por qué no, hacer una denuncia. Juan Marsé: aquel que distingue el compromiso de la implicación.
¿No saben la diferencia? La metáfora o fábula que la explica es clásica: en un plato de huevos con chorizo, la gallina está implicada, pero el cerdo es quien está comprometido. La lucha por la libertad a cualquier precio. Al mejor precio. Al único, llegados a un punto.