Hoy, 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer. Buena ocasión para reflexionar sobre los logros y limitaciones del movimiento feminista. Para ello, merece la pena prestar atención al pensamiento de una feminista disidente -es decir, feminista y disidente-, Christina Hoff Sommers.
Como profesora feminista, esta filósofa estadounidense valora positivamente el movimiento emancipador clásico, que ha conseguido para la mujer una serie de libertades de las que carecía; entre otras, el derecho al voto y la igualdad de oportunidades en la educación; se trata del feminismo de la igualdad, que quiere para la mujer lo que quiere para todos: un trato justo, respeto y dignidad. Pero, la profesora Sommers es disidente dentro del feminismo al uso, por dos motivos fundamentales. En primer lugar, porque considera que las mujeres estadounidenses no están discriminadas en el grado y en la manera en que lo afirman el discurso feminista más extendido. En segundo lugar, porque considera que el feminismo de la igualdad resulta compatible con un feminismo de la diferencia, palabra que saca de sus casillas a las feministas más doctrinarias.
Entiende Sommers que es preciso reconocer los inmensos avances que, en términos de igualdad, se han producido en Estados Unidos, donde las mujeres obtienen el 57% de las licenciaturas, el 59% de los títulos de máster y el 50% de los doctorados. Lo que parece molestar especialmente a esta pensadora es el victimismo de una parte significativa del feminismo actual, que lleva a negar la evidencia del alto grado de igualdad existente en los países desarrollados -ella se ciñe a Estados Unidos- y a culpabilizar a los varones de todos los males que sufren las mujeres. En fin, Christina Hoff Sommers no está dispuesta a admitir como un hecho que la sociedad norteamericana responda a una estructura patriarcal. Algo muy preocupante del feminismo victimista, sostiene, es su temeraria indiferencia por la verdad. Las investigaciones de Sommers le han llevado a constatar que la mayoría –no todas– de las estadísticas sobre víctimas eran, en el mejor de los casos, equívocas, y en el peor, completamente inexactas.
Pero lo realmente herético de Hoff Sommers dentro del feminismo al uso es su aceptación de la diferencia entre hombres y mujeres, la posibilidad de que la igual dignidad de los hombres y las mujeres resulte compatible con comportamientos socialmente diferentes entre los dos sexos. La herejía reside en admitir que algunas asimetrías sociológicas entre los sexos pueda deberse a causas ajenas a una opresión del varón sobre la mujer. Evidentemente, algunas asimetrías pueden ser fruto de la opresión, pero también pueden deberse sencillamente a diferencias naturales de orden biológico que conllevan diferencias psicológicas, cognitivas, afectivas y, consecuentemente, sociológicas.
El feminismo, según esta autora, no debe cejar en su luchar por la igualdad y las libertades de las mujeres. Pero sí debe modular su discurso, que ha de ser menos ideológico, más respetuoso con la realidad social y, por ello, más creíble. Cuanto menos doctrinario sea el feminismo -sugiere- más amplio será el apoyo social a su causa -concretamente, afirma, más respaldo obtendrá por parte de mujeres conservadoras y religiosas- y, por tanto, más eficaz su lucha para que todas las mujeres del mundo crezcan en libertad.