Los sucesivos ochos de marzo, manifestaciones temáticas varias y mucho empeño han conseguido que el panorama social para las mujeres se haya transformado de manera notable. Pero... ¿tanto? Si nos asomamos a la escena musical podremos advertir que los diferentes estilos musicales casi siempre se ven condicionados por quien los interprete. Da lo mismo que las mujeres se manifiesten a través del pop, el heavy , una ranchera o un tango: existirá irremediablemente una lógica de la ensalada, donde el ingrediente principal sea su capacidad interpretativa y el aliño final, un cuerpo de contoneo excitante bendecido por los evangelios del Photoshop, ¿o quizás el aliño vaya antes que el ingrediente principal? En cualquier caso, el objetivo es jugar con la frustración de quienes observamos desde el más acá, muriendo nosotras de envidia pérfida por observar lo que no podemos tener y ellos por lo que no pueden poseer. Aún sigo esperando ver a Alejandro Sanz sumergir su obligo entre las paredes estomacales en un ejercicio más que extremo, mientras Shakira entona una cuasi perfecta melodía atrapada en los rayos solares y solemnizada por un traje chaqueta que haga invisible su deseado cuerpo y permita disfrutar con claridad de su buen hacer musical. El día que esto ocurra, el impacto de tanta sorpresa no nos dejará indiferentes, y por supuesto habrá quien ponga el grito en el cielo. Pero, sin entrar en el manoseado debate sobre la cosificación de las personas, al menos podremos decir que las realidades hasta ahora conocidas están comenzando a cambiar.
Confieso que todos los días, de lunes a viernes, tengo la imperiosa necesidad de producir una cantidad concreta de cafés, en diferentes versiones eso sí: con leche, cortados, cortos de agua o descafeinados. Y aunque pueda parecer síntoma de una educación deficiente, en ocasiones escucho voces. Tan altas y tan cercanas que aunque intento que me sigan resultando ajenas el volumen supera en exceso la confidencialidad que ha de mantenerse entre dos personas. Sin pretender realizar un estudio sociológico (superaría las posibilidades de una mesera), no deja de sorprenderme cómo los estereotipos son artificios sociales que habitan en una intelequia muy distante de lo cotidiano, porque puedo asegurar que he sido testigo de cómo dos hombres conversaban con profundidad inusitada sobre los miedos, temores y frustraciones de sus relaciones sentimentales. Sin embargo, les falta aún la valentía para ayudar en el proceso de deconstrucción de la idea de que ello es ejercicio casi exclusivo de las mujeres. Puede que un Ocho de Marzo en pequeñas dosis, cual medicina paliativa, ayude de alguna manera a que unos y otras veamos que en esencia no diferimos tanto y que la virtud o el defecto del cotilleo es practicado en igualdad de condiciones, pero en un mundo desigual. Por eso se interpreta de manera prejuiciada para unas y de forma incrédula para los otros.
La sociedad suele ir en algunos casos por delante de las referencias establecidas como válidas para la generalidad y a pesar de que cada vez existen más hombres que realizan las tareas del hogar y que incluso dejan sus empleos para convertirse en el alma del hogar familiar, la religión publicitaria se empeña en mostrarnos a un sucedáneo femenino como el ejemplar válido para decidir qué detergente cumple mejor y de manera más económica sus funciones o qué electrodoméstico se ajusta mejor a las pretensiones domésticas, y en las pocas ocasiones en que se permite que unos osados varones puedan opinar al respecto se les representa como individuos atrapados en un acto tragicómico que evidencia su torpeza en dicha materia. Ya está bien. No quiero creer que ellos no sientan una terrible vergüenza y humillación cuando observan reiteradamente tales conductas en actores que intentan representar a todo un colectivo. Ese secuestro gratuito de la dignidad personal se vería mermado probablemente con una crítica seria y rigurosa desde los propios protagonistas. Para estos casos también una dosis de medicina feminista.
Entiendo que el inmovilismo tiene un cierto atractivo, nos atrapa en un sistema imperturbable dotado de red de seguridad para las caídas más severas. Sin embargo, mutila una de las cualidades más hermosas de la condición humana, como es su posibilidad dialéctica, esa casi innata sensación de que aún queda mucho por descubrir para un bien hacer, un camino que recoja de las orillas a quienes habitan en la prisión del prejuicio, el síntoma inequívoco de que aún queda labor para el ejercicio de la libertad.
Y como mal relata el mito, la esperanza no fue atrapada por la curiosidad de una mujer, sino preservada a buen recaudo en representación de la génesis antigua, porque la esperanza es una diosa que sólo nace y pervive en la conciencia de quien la ejercita.