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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Lunes, 13 febrero 2012

Oviedo

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El aislamiento social de los implicados en el asesinato de María Luisa Blanco contrasta con la extraña convivencia que mantenían y que ha desvelado el suceso

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En su página de 'Tuenti', colgada sin restricción de visitantes, Cristian M. P. escribió varias entradas donde lamentaba llevar una vida «sin sentido». El quejido suena excesivo, pero como todo lo propio de la adolescencia. Sin embargo, al estar implicado Cristian en el crimen más brutal de la historia de Oviedo, tanto sus mensajes como la exposición en una red social se prestan a ser mirados desde otro plano, más morboso. Lo mismo que la afición de Pablo Blanco a las videoconsolas. Si la historia añade pobreza, discapacidad, atrocidad, giros en la investigación y detenciones múltiples, la tromba de preguntas sin respuesta dispara tesis delirantes. Una cosa son los datos y otra sugerir causas a partir de una declaración anónima en un caso bajo secreto de sumario. Así, un programa de televisión especulaba esta semana con canibalismo y trastornadas 'conversaciones' con cabezas mutiladas dentro del infausto piso de Vallobín.
Más allá de la urgencia por explicar lo sucedido, cometido último del Juzgado de Instrucción número 4 de Oviedo, detrás del crimen hay una historia muy dura.
María Luisa Blanco Blanco, impedida en una silla de ruedas, tenía 36 años cuando la mataron. Vivía en el 2ºA del 19 de Mariscal Solís, con su madre María Rosario, de 67, su hermano Pablo, de 35, y tres jóvenes realojados: Cristian, de 21, y la pareja formada por Jesús V. B. (19) y Larisa L. R. (17). Había un séptimo residente: el bebé de Jesús y Larisa nacido en mayo. El piso ronda los 60 metros cuadrados y en él cohabitaban personas «intelectualmente débiles», que no razonan del todo bien o incluso «rozan la discapacidad», según una descripción policial.
Los retazos de sus vidas sugieren un grupo apartado de la sociedad. María Rosario tenía un novio, apodado 'Tejero', que vive en una chabola junto al apeadero ferroviario de La Argañosa. Le llevaba comida y pasaba las tardes con él en el pequeño huerto que el paisano cultiva. A Pablo, los vecinos nunca le veían con amigos. Salía solo o ayudando a su hermana, con quien cargaba a hombros cuando no tenía silla. A veces visitaba a su padre, Gil Blanco, vecino de Vázquez de Mella y casi en la mendicidad. Come habitualmente en la residencia Santa Teresa.
Como publicó este diario, nadie en la casa trabajaba. La familia se sostenía con la pensión de la madre, empleada jubilada del Hospital Monte Naranco y separada, y de las ayudas a la hija. Iban apurados. Algunos vecinos les echaban una mano. El carnicero de la zona, por ejemplo, les fiaba, «porque eran buena gente y siempre cumplían».
Aún así, dentro del domicilio siete personas vivían entre basura y desorden, como muestra la ingente cantidad de bolsas de desperdicios que sacó la Policía Judicial. La comunidad de propietarios los denunció varias veces a causa de los olores y ruidos. Porque, desde que Pablo metió en casa a los jóvenes hace un año, en contra del criterio de la madre, la casa era una bronca constante. El propio Pablo llamó al 091 una semana antes del suceso tras una algarada doméstica, según confirmó la Policía Nacional a este diario. Después de la intervención en el piso, no quiso poner denuncia.
La noche de San Juan, y según su confesión, Pablo asfixió a su hermana. Luego descuartizó el cadáver y lo ocultó en la nevera. Los agentes hallaron huesos descarnados y restos mutilados de formas extrañas. «La escena era demencial», resumió un policía. Cualquier otra descripción sobre la brutalidad empleada sólo aportaría truculencia. Porque además el cadáver estaba incompleto.
Distintas versiones
A partir de aquí, las dudas. En un principio, la Policía informó de que el aviso con el hallazgo del cadáver lo había realizado la madre de Pablo, María Rosario, a través de una llamada telefónica. Después resultó que había sido otra madre, la de Jesús, quien llamó por dos veces la tarde del día 25 desde Mieres. Después, los chavales se personaron en la comisaría de dicha localidad, donde contaron que, al regresar de un viaje y abrir la nevera, descubrieron un horror con el que nada tenían que ver.
La Policía detuvo a María Rosario por posible encubrimiento. El día 26 señaló que no había indicios de que «hubiesen colaborado más personas» en el crimen y desechó nuevos arrestos.
Al día siguiente detuvo a Jesús, Larisa y Cristian. Pablo había atestiguado ante la Policía que todos estaban presentes la noche de San Juan, que no existía viaje alguno y que además mantenían «atemorizada» a la familia. Que le habían inducido a matar a su hermana, a quien, en una primera versión, había atacado «tras una discusión».
Los tres inquilinos
Poco se sabe de Cristian, Jesús y Larisa. Eran habituales de una discoteca de El Rosal, pero no por ir todos los fines de semana mantenían muchas relaciones allí. ««Siempre iban juntos y con ropa rara. No causaban problemas. Yo creo que no tenían más amigos, porque Cristian me saludaba absolutamente todos los días por el ordenador», cuenta el propietario.
Porque Cristian tenían tres cuentas en 'Tuenti', tres en 'Facebook' y varios 'fotologs', páginas donde colgar imágenes de todo tipo. Hay varias con montajes dedicados a Jesús y Larisa, las únicas personas cercanas de las que habla. «A mis 21 años de vida me toca hacer un balance... A mi gran amigo Chus, amigo desde la infancia y que ahora es padre, le deseo lo mejor de lo mejor, porque es un amigo de los pocos de quedan. Amigo desde la infancia y casi como hermano».
La madre de Jesús vive en Casomera, Aller. «Estoy muy triste. Lo estoy llevando como puedo, mucho peor desde que me quitaron al niño», acertó a decir esta semana Beatriz V. Tras la detención de Larisa y su ingreso en el Centro de Menores de Sograndio, su nieto quedó bajo custodia del Centro Materno-Infantil.
Cristian estudió en el Colegio de la Inmaculada, pero no terminó la Enseñanza Secundaria Obligatoria, a pesar de la profesora de apoyo que le asignaron en el centro. Allí lo recuerdan como «un mal estudiante, un poco conflictivo». También realizó un ciclo de Formación Profesional sobre instalaciones eléctricas en el Instituto de Educación Secundaria Doctor Fleming, durante un año.
Los dos chavales, más Larisa, están inculpados en el asesinato junto a Pablo, con quien ahora se encuentran recluidos en la prisión provincial de Villabona. Al testificar delante de la jueza María Luisa Llaneza estuvieron «demasiado tranquilos», según la apreciación de un abogado del caso. Entre rejas su comportamiento «es normal». «Están tranquilísimos», coincidieron las fuentes consultadas en la cárcel.
Cristian está ingresado en el módulo 1 de la Unidad Terapéutica y Educativa, la denominada «libre de drogas». Jesús, en el módulo 5, en régimen ordinario.
Pablo, que el viernes cumplió 35 años, comparte celda en el módulo de Ingresos con un «preso de confianza», que colabora en el plan de prevención de suicidios.

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