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Asturias

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07.08.09 -
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Y es que ayer llovió. Llovió en Gijón y llovió en una Feria que, aunque fuera del tiempo, no se libra de los tormentos del mundo.
Cuando uno viaja fuera se sorprende de la sorpresa de la gente ante el agua, igual que se sorprende de nuestra indiferencia el extranjero. Y es que en Asturias llueve, llueve mucho. Llueve tanto, que el agua se pega en nuestro ser y acaba por formar parte de nosotros. A nadie le molesta el agua.
Pero en verano, cuando el orbayu da una tregua, cuando el día antes y el día después el sol rajó y rajará las piedras, la lluvia mosquea, pilla por sorpresa.
Y sorpresa es lo que hubo ayer en la Feria de Muestras. Gente sorprendida, gente que corría (que huía) de la tromba de agua. Las calles, generalmente llenas, lucieron vacías, y se llenaron, por contra y más que nunca, los pabellones.
Hay quien dice que Dios está en la lluvia. La verdad es que cuando llueve se engrandece el alma, pero se muere la risa. Lo más triste en la Feria fue ver a la mayor parte de la gente, que ni buscaba, ni encontraba, ni compraba. La mayor parte sólo esperaba, luciendo paraguas y chubasqueros, a que cesara una lluvia que no cesó.
Los pabellones se llenaron, como decía, pero incluso estos dieron la espalda a los turistas y cerraron sus puertas de dos y media a cuatro y media. La gente se refugió en los toldos, entonces, y un servidor se fue sangrando agua por la ropa. Y ni la perpetua nube se disipó, ni nada.
Un día gris, en suma.

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