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Cuencas

LA LUCIÉRNAGA

24.08.09 -

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Valle de cuna
C onociendo los pueblos la importancia de las palabras y en la sospecha de que aquello que no se nombra termina abocado al perentorio y fatal desvanecimiento, combaten, riñen y argumentan, con audaz contumacia, en el afán de aplicarse o preservar términos o palabras que garanticen o al menos refuercen su existencia. Los ríos suelen ceder su nombre a los valles por los que fluyen, y es el caso del efímero río, o arroyo, Cuna, que nace en Cenera por la confluencia de varios regueros (Miruxeo, Gallegos, Vistrimir y Foz) y desemboca unos 3 kilómetros más abajo, en el río Caudal.
Es probable que el término Cenera provenga del latín cinis-cineris, que significa ceniza, por algún incendio ocurrido en el lugar, o también pudiera derivar de cinaris, que viene a significar hierba desconocida. Pero no es descabellada la idea de que el origen de Cenera sea cunera, que hace referencia al nido o lugar de nacimiento. Así, Cenera designaría el lugar donde se forma el nuevo río que surge de varios arroyos y ese término, que refiere el nacimiento o lo que empieza, también daría nombre al río y al valle.
Decir Valle de Cuna etimológicamente sería como decir Valle del río que nace o comienza en la cuna, en la cunera o en Cenera. En ese afán por defender identidades a través de los términos se cometió la barbaridad, hace años, en decisión salomónica apoyada por los políticos (siempre dispuestos a las gratuitas complacencias) de designar el Valle como de Cuna y Cenera, lo cual, además de ser barbaridad geográfica e histórica, podría considerarse un disparate semántico.
Cenera es la cuna y la capital del valle. No sólo por su etimología y su asiento primordial, sino porque la historia así lo atestigua con los asentamientos de principales mayorazgos, monasterio incluido, y en nada se desmerece su importancia, como lugar de inicios y confluencias, porque el valle no lleve su nombre, porque los valles llevan los nombres de los ríos que los rasgan, y donde estén las razones históricas y lingüísticas poco pueden hacer los localismos sentimentales, las decisiones salomónicas de los medrosos políticos o la ocurrencia práctica de los periodistas. El llamado chovinismo, o patriotismo fanático, suele converger, por atrevimiento e ignorancia, con la fantasía o la incongruencia. Cenera no necesita quimeras ni entelequias para resaltar su belleza e importancia.

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