El Comercio

Simpatía sindical

El 10 de junio de 2015, el Juzgado de Instrucción declaró la prescripción de las diligencias previas 142/2005; al año siguiente, en el verano del 2016, los autos fueron enviados a Cogersa y de allí, mediante una adjudicación contractual administrativa, a una planta de tratamiento y revalorización en Euskadi. La historia, que se perdió para siempre en los tanques de reciclado del norte, solamente la conocen Rafita el Facha, al que no le gusta contarla por razones obvias, y los sindicalistas, que se han hecho mayores y ya no juegan a dar hostias divertidas. Se desarrolló así:

El 12 de octubre de 2004, cuando todavía existía ETA reventando a bombazos las inmobiliarias en San Sebastián, cuando todavía el speed se compraba a 10 -gramos- en La Real y cuando todavía los sindicatos eran sindicatos, entonces ocurrió que, en la mañana de aquel día, el gordo Rafael subió a lo alto de la nave número 453 del polígono industrial del Espíritu Santo.

Allí desplegó, como cada festividad del 12 de octubre, el trapito rojo-amarillo en tamaño cuatro metros cuadrados sintiendo cómo se le inflamaba el corazón. El cigarrillo Fortuna se lo fumó mientras pedía en oración, dirigida a lo alto de las nubes, que el Juzgado de lo Mercantil fallara a su favor en la pieza sexta de responsabilidad concursal. Lo que la plegaria no detallaba era que Rafita el Facha había provocado el concurso al desviar todos los fondos de la empresa en liquidación a una segunda mercantil, que estaba administrada societariamente por una tercera persona jurídica, que dependía de una cuarta financiera, sin personalidad, en la que los administradores societarios mancomunados eran sus hijos menores de edad y su tercera mujer.

Acabado el segundo cigarrillo, la tercera plegaria y la cuarta llamada a la amante, Rafita bajó los primeros ocho peldaños de los dieciséis totales de la escalera pisando de puntillas para no desgastar los mocasines de a quinientos euros el par. La segunda mitad de la escalera no le supuso ningún problema al cuero de las suelas porque la bajó a hostias y de cabeza: en el segundo descansillo le estaba esperando, agazapada, la representación sindical de los trabajadores despedidos por el ERE que aquella semana había aprobado el Juzgado.

El descenso de Rafael acabó en desmayo poco elegante junto a la impresora matricial de nueve agujas con tres dientes menos, un ojo amoratado y sangre, mucha sangre arrollando por su rostro sudoroso. Los sindicalistas se llevaron a rastras al inerte hasta el despacho rotulado en pomposo dorado y mayúsculas: Gerencia. Allí lo despertaron con agua y Rafita les dio la llave y combinación de la caja fuerte después de que le destrozaran una rodilla a martillazos.