El Comercio

Desde la bohemia

Avelino López Díaz y Carlos García, en el pregón.
Avelino López Díaz y Carlos García, en el pregón. / Mario Rojas.
  • Cuando el pregón reúne a poetas, expertos en intrahistoria o a históricos de la canción protesta

La llovizna del pregón ilumina las sonrisas de escepticismo y frialdad. Pronto la bohemia valiente sale al paso. Dos noctámbulos irredentos se encuentran y ríen en francés, aunque ninguno pregunta todavía quién pagará el vino del otro: Avelino López Díaz (histórico de la canción protesta, quien cantó a La Pasionaria y a Paco Ibáñez) y Carlos García Rodríguez (hijo de Jesús Pérez Bances, nuestro Madariaga, pariente también de Prieto Bances y asistente de Juan Benito Argüelles unos años). Señala el primero: «Se echa de menos a alguien de la tierra. Suena a muy politizado. Hay que hablar de las cosas que pasan aquí o hilvanar algún tipo de vínculo amoroso con la ciudad. La única unión es el Camino de Santiago y su marketing». El segundo es más incisivo: «¿Te imaginas lo que hubiera hecho López Otín, por poner un ejemplo? Aquí hubo pregones donde no cabía un alfiler, como en el caso de Víctor Manuel, coño». Sueñan en el idioma de la ciudad exprimida de veras, desde el Campa hasta los primeros chiringuitos de Masip y la Santa Transición.

No tarda en llegar Álvaro Ruiz de la Peña, experto en Intrahistoria unamuniana, para negar la mayor: «No está más politizado de lo que estuvo otros años. Tiene mucho sentido subrayar el vínculo con Santiago de Compostela. Llevamos hermanados con ella desde 1994 y el personal no se entera. Se está poniendo de relevancia la senda primitiva del Camino, crucial y desconocida. Da un enfoque nuevo a todo el recorrido». Fernando Lorenzo, antiguo poeta único y situacionista del Pub El Paraguas, entra en escena al mismo tiempo que Martiño Noriega enseña por el balcón bonete casi francés, hace alguna concesión en bable y destaca lo documentado que viene por parte de dos amigos, uno humorista y el otro médico. Lorenzo es demoledor: «No se puede venir a los pregones así. Hablar de oído en un pregón ya desautoriza lo que dices. El contacto directo con la ciudad debe ser completo, no puedes parecer un huésped, aunque chilles que gallegos y asturianos somos primos hermanos. Yo hace 29 años di el mío, y fui muy crítico, pero no me aparté de la calle, aunque prefiero esto que a Los Morancos, todo sea dicho».

Ruiz de la Peña alaba los gigantes y cabezudos, recordando a Alfonso Iglesias, oro y temblor de la niñez. Fernando Lorenzo señala al dibujante: «Fue popular y no populista. Llegó al pueblo aunque no fue un revolucionario. Supo, a través de su ingenio, salvarse a sí mismo y a todo aquel que le leía». Miras alrededor y, sí, nadie salva a nadie. Aunque la luna pronto será el sol de los muertos, la promesa auténtica de que la alegría se vende barata y ágil. ¡Qué gusto! La noche, cómo no, vuelve a ser la mitad de la vida y la mitad mejor.