El Comercio

Sol de la familia y de la amistad

La familia Alonso Sanz, ayer, comiendo el bollo mateín.

La familia Alonso Sanz, ayer, comiendo el bollo mateín. / Álex Piña

  • No hay un bollo para ricos y otro para pobres, Oviedo se vuelca con una de sus más fervosas señas de identidad

El día del bollo es errante e itinerante. Hay quien lo toma en los emblemáticos restaurantes de la ciudad (La Paloma, El Tizón, Mesón Leonés…) a título de aperitivo. Hay quien pide en los chiringuitos y llaman ‘bollo’ (el ortodoxo de chorizo o chorizo y lacón) a un bocadillo cualquiera de diverso pelaje: calamares, tortilla, chipirones, un amplio etcétera. Hablamos, en el Campo San Francisco, con la familia Alonso Sanz. La historia no puede ser más bonita: la matriarca, Esther Alonso, tomaba el bollo con sus hermanos, siete, desde que era pequeña, junto al mismo árbol. Andando el tiempo, ha incorporado a la festividad a hijos, nietos y amigos de toda la vida. Decimos ‘bollo’ pero hay de todo sobre el mantel: tortillas, tartas de varios sabores, embutidos, empanadas, croquetas…Su marido, que prefiere permanecer en el anonimato, añade respecto a la bebida: «Sólo vino tinto, y nos marchamos cuando se acabe». Un genio.

Ángela Trisán Alonso, hija de los anteriores, nos lo aclara: «El bollo es de todos, no tiene ideología. Estuvo con la izquierda y con la derecha, es del pueblo. Nosotros nos levantamos hoy a la ocho de la mañana para prepararlo, y ayer fuimos a ver los fuegos, y nos vamos hoy por la tarde, a eso de las cuatro, porque mi marido es de Moreda y trabaja mañana. Mi hijo se llama Mateo, nos conocimos en San Mateo, nació en San Mateo y estas fechas para nosotros no pueden ser más entrañables. Los jóvenes queremos seguir con la tradición, e inculcárselo a nuestros hijos». La abuela, la madre, la matriarca, Esther, nos puntualiza: «Mira lo que te digo, aquí estuvimos con el paraguas abierto, días de lluvia. Es la fiesta de la familia y la de la ciudad. Siempre al lado del mismo árbol, en el mismo sitio, toda la vida». Preguntamos qué hacen después, qué piden a título de mejoras: «Nada, está todo muy bien –matiza Esther-. Estamos aquí hasta acabar la comida y, luego, eso sí, el café siempre fuera. Generalmente, en el Chistera. Pero también puede ser cualquier otro sitio». Ángela añade: «Hay mucho ambiente, como todos los años. Seguiremos con la tradición. Para nosotros el día del bollo es el Campo San Francisco, como me enseñaron desde siempre, y será ese el legado para mis hijos».

No hay un bollo para ricos y otro para pobres, Oviedo se vuelca con una de sus más fuertes y fervorosas señas de identidad. De padres a hijos, de hijos a nietos. Oviedo es una ciudad pequeña que este día, allá donde dirijas tu mirada, sonríe de un modo especial. La panadería El Bollu de Valentín Masip a las cinco de la tarde no tenía remesas y la gente seguía pidiendo. Hay quien lo toma para cenar, y quien lo compra aunque no lo tome. Es la ofrenda a un pasado heroico.