El Comercio

El rancho militar que pide una calle

La foto de familia en el cuarto capítulo de la Cofradía del Desarme.
La foto de familia en el cuarto capítulo de la Cofradía del Desarme. / A. PIÑA
  • La Cofradía del Desarme celebra su cuarto capítulo e incorpora a tres nuevos cofrades de honor en un acto finalizado en la mesa

Cuando un ovetense se pone a hablar del Desarme le viene el olor de esos garbanzos con bacalao y espinacas al calor del fuego, ese regusto inconfundible que deja un buen arroz con leche y un sinfín de batallitas con amigos mientras los callos desaparecen de la mesa. Es la tradición gastronómica que enorgullece a la ciudad desde hace ciento ochenta años y que, de la mano de los hosteleros, crece en cada edición. Tanto, que esta vez han pedido para el Desarme una calle o plaza.

Aunque parezca casi un milagro que ese menú haya sobrevivido tantos años y que regrese a las mesas de la ciudad cada 19 de octubre, la tradición está plenamente arraigada y desde hace cuatro años cuenta con unos padrinos de lujo. La Cofradía del Desarme nació entonces para defender y promocionar el menú tanto en Oviedo como en otras regiones. Se sirve, cuenta el cofrade mayor, Miguel Ángel de Diego, hasta en Sevilla. «Durante estas jornadas del Desarme se servirán más de 20.000 menús. Es una tradición sorprendente», expresaba ayer De Diego durante la celebración del cuarto capítulo de la cofradía.

Tres nuevos cofrades de honor, Miguel Pocoví, catedrático de Bioquímica de la Universidad de Zaragoza; Luis Toyos, director de Radio Asturias; y José Antonio Fidalgo, eminente gastrónomo y cronista oficial de Colunga, defendieron las bondades de este menú que sobre todo, insistieron, «es una fiesta de amistad. Un día en que compañeros de trabajo, amigos y familiares comparten mesa».

El rancho militar que pide una calle

Ellos prometieron seguir difundiendo una fiesta que ayer contó con veintiséis cofradías gastronómicas de todo el país, y numerosos invitados, entre ellos el director de EL COMERCIO, Marcelino Gutiérrez. Cucharones en mano recorrieron las calles del centro de la ciudad, rieron con una representación histórica del Desarme y se interesaron por los orígenes de una festividad que conserva algo de misterio. Hay varias leyendas en torno a ese menú de Oviedo. Los más románticos prefieren la que relata cómo se produjo un desarme pacífico, cómo las tropas carlistas tras degustar tan delicioso menú se rindieron a Morfeo y fueron desarmados. «Muchos conflictos políticos y de la vida social deberían solucionarse en la mesa», defendió Toyos.

Para sacar a todos los curiosos de dudas, el escritor Adolfo Casaprima esbozó unas líneas de su última obra, precisamente una investigación histórica del Desarme. Contó Casaprima cómo un 10 de octubre de 1836 las autoridades regionales organizaron una fiesta con bailes y banquete en honor de las fuerzas militares que habían impedido el saqueo de la capital por parte de las fuerzas carlistas sublevadas. Se sirvieron entonces garbanzos con patatas, carne y tocino. Pero a los pocos días, el 19 de ese mismo mes y año, los carlistas volvieron a tratar de asaltar la ciudad. Fueron vencidos, aunque con numerosas bajas. La ciudad recibió entonces el título de Benemérita y cada 19 de octubre Oviedo recordaba a los caídos en un homenaje. Al finalizar la guerra, las instituciones pagaron ranchos para las tropas, pero como era Cuaresma, las monjas que cocinaron sustituyeron la carne por el pescado y así fue naciendo el menú que pronto llegaría a los restaurantes. En 1897, un acto en que los carlistas fueron invitados para honrar también a los caídos de sus bandos, enfadó a los militares que se negaron a participar. «El rancho se suspendió y una perspicaz hostelera, Marica Uría, anunció en la prensa la oferta del menú. Fue todo un éxito y muchos hosteleros se sumaron», relató Casaprima antes de pedir esa calle en la ciudad para el Desarme, para ese hecho que le dio el título de Benemérita.