El Comercio

Nadie se queda sin Desarme

Uno de los ayudantes muestra el menú.
Uno de los ayudantes muestra el menú. / PIÑA
  • La Cocina Económica sirve el tradicional menú de garbanzos, callos y arroz

Era un día gris de otoño más en la Cocina Económica, pero tenía algo de especial. Se notaba más cola de lo habitual. «Hoy hay no sé qué del Desarme», comentaba uno de los que esperaba su turno para almorzar. Al enterarse, a María se le iluminó la cara: «¡Ay, sí! ¿Hay vino?», preguntaba ilusionada.

Había menú especial. La patronal Otea (Hostelería y Turismo de Asturias), por quinto año consecutivo y con el apoyo de la mayorista de alimentación Makro y del Ayuntamiento, donó comida para que los usuarios de la Cocina Económica pudiesen disfrutar, de manera gratuita, del Desarme.

El presidente de Otea, José Luis Álvarez Almeida, el cofrade mayor del Desarme, Miguel Ángel de Dios, y el responsable asturiano de Makro, Manuel de Dios, no dudaron en ponerse el mandil para ayudar a sor Esperanza Romero, la responsable de la Cocina Económica, a repartir 200 menús de garbanzos con bacalao y espinacas, callos y arroz con leche. Como entrante, la incondicional sopa, incondicional de la Cocina.

Todos los días suelen servir entre 150 y 200 menús, más las familias que vienen después a llevarse comida a casa. Sor Esperanza ha notado un aumento en los usuarios este año, sobre todo de gente en paro, con pensiones muy bajas o problemas de salud. «Oviedo es muy generoso», agradeció.

Almeida aseguró que para Otea es la «acción más bonita» del Desarme y recupera la tradición del Ayuntamiento de ofrecer este menú a los desfavorecido, aunque ayer no hubo representación municipal: el edil Rubén Rosón asistía a una comisión a la misma hora.

Diez voluntarios echaron también una mano. Uno de ellos era Eugenia Casariego: «Llevo aquí cuatro años, cuando empecé Psicología. Vine por la cercanía y me quedé por el ambiente», relata. Era la primera vez que coincidía con el Desarme y percibió «la ilusión» entre los comensales.

El menú gustó mucho, aunque no todos se comieron los callos, por ser un plato pesado incompatible con las dolencias de algunos usuarios. «El primer año los trajeron sin cortar, vaya trabajo con las tijeras, así no da tiempo», rememoró Sor Esperanza.

Poco antes de la hora prevista de cierre (las dos menos cuarto) seguían llegando más personas para comer, advertidos por sus conocidos o por las religiosas. María se quedó sin su vino. «Los días de fiesta lo ponemos, hoy fue olvido mío», confesó Sor Esperanza.