El Comercio

«Ir a vivir a un piso es como meter a una persona del campo en la ciudad»

María Luisa Montoya y José Montoya en una habitación, situada en uno de los bloques del poblado que Santa Marina de Piedramuelle.
María Luisa Montoya y José Montoya en una habitación, situada en uno de los bloques del poblado que Santa Marina de Piedramuelle. / FOTOS DE MARIO ROJAS
  • Once familias del poblado de Santa Marina de Piedramuelle se resisten a desalojarlo ante la falta de medios para buscar otro hogar

Hace veinte años, el entonces alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo, hizo una promesa a los residentes del poblado de Santa Marina de Piedramuelle: estos cuatro bloques «serían siempre para nosotros», recuerdan. Los planes han cambiado. El Gobierno del Principado ha programado iniciar el próximo año el derribo de las viviendas y trasladar a las once familias gitanas que aún residen allí a un piso. Lo rechazan.

Cuentan que no tienen dinero para pagar la renta, las facturas que cada mes llegan al buzón y las derramas de la comunidad. La mayoría de ellos reciben una pensión contributiva, que complementan con lo que sacan de la venta de chatarra y de sus puestos dominicales en El Campillín. «Aquí pagamos veinte euros de alquiler, donde vayamos esta cantidad será diez veces mayor». Hace estas declaraciones Alfredo Montoya, que vive con su mujer en uno de los bloques. Explica que las administraciones públicas «nos ayudan y al mismo tiempo nos venden». «Estamos como muñecos y cada poco nos llevan de un lado a otro», reprocha.

Montoya, al igual que sus vecinos, no ha recibido ninguna notificación oficial del Principado de que estas viviendas se van a derribar dentro de poco. Solo señala que la pasada primavera «vinieron unos técnicos del Principado a preguntarnos qué es lo que queríamos y yo les respondí que una casa». La razón que les dieron es que en un piso «no tendríamos los metros suficientes» para guardar todo lo que restauran y venden en el mercado.

Uno de los hijos del matrimonio se independizó hace un tiempo. «En un principio él, su mujer y su niña vivían aquí con nosotros, pero no cabían en la habitación». Fue entonces cuando pidieron ayuda a los asistentes sociales y les dijeron que tenían que «esperar cuatro o cinco años» para tener una vivienda pública de alquiler. Como no podían estar más tiempo así, decidieron arrendar por su cuenta un piso. Su padre cuenta que a veces tienen problemas para llegar a final de mes.

A pesar de que él recalca durante todo el tiempo que «está muy bien» en Piedramuelle, sufre achaques por el asma. Cuando hay humedad, el olor del vertedero que hay allí enterrado sube y le cuesta respirar. Pero esto no le impedirá seguir luchando por su casa hasta el final.

Todos a una

Uno de los vecinos del piso de arriba de Alfredo Montoya es su hermano José. Es uno de los más mayores del lugar y advierte de que cuando las máquinas lleguen a derribar sus casas se opondrá: «Iremos todos a una». Asimismo, comenta que entre las familias que viven allí no hay conflictos y que hace poco tiempo los más mayores acordaron en una reunión no abandonar sus hogares. «Nosotros tenemos nuestras costumbres, ir a un piso es como meter a una persona que vivió toda la vida en el campo, en el centro de la ciudad», compara.

Él solo tiene dos quejas de este barrio. La primera, que cuando llueve tienen que achicar el agua que baja con fuerza por la ladera. La otra, que hace años que el Principado no limpia los canalones. «Estas labores las podríamos hacer nosotros, pero si caemos, ¿qué pasa?», pregunta. La fachada también lleva años sin pintarse, porque nadie ha dado la orden de acometer estas labores.

De puertas para dentro, en cambio, la vivienda es otra cosa. Las paredes están pintadas de rosa y blanco, incluso la caldera del agua está de morado y tienen un baño, una cocina y dos habitaciones. En la primera, José duerme con su mujer María Luisa Montoya, y la otra está compuesta por tres camas juntas para las cuatro más pequeñas de la casa.

Todas ellas están escolarizadas. Tanto los críos como los más mayores, defiende, «estamos integrados en la sociedad». Es más, pone de ejemplo que en el edificio de culto que hay allí viene a menudo «una señorita que ayuda a las pequeñas a hacer los deberes y la semana pasada estuvo tomando café con nosotros».

Otra de las vecinas es Concepción Gabarri. Dice sentirse «cabreada» porque nadie les ha dado el aviso del próximo derrumbe. Hasta hace poco, ella y su marido recibían de pensión «seis billetes de cincuenta euros, pero ahora nos han quitado un billete a cada uno» y se pregunta «cómo podremos pagar un piso» con estos ingresos.

Hay más cuestiones que les preocupan: «¿Dónde metemos la chatarra, la madera y la huerta que tenemos aquí?». A pesar de todo, los planes del Principado seguirán adelante y ellos se tendrán que adaptar a esta nueva situación lejos del poblado de Santaa Marina de Piedramuelle.