El Comercio

El Archivo Municipal, la memoria viva del Ayuntamiento de Oviedo

La archivera, Ana Herrero, leyendo un documento en su despacho.
La archivera, Ana Herrero, leyendo un documento en su despacho. / Álex Piña
  • La Casa Consistorial almacena documentos desde la fundación administrativa de la ciudad hasta casi hoy día

Los planos del edificio en que uno vive, la partida de nacimiento de los bisabuelos, fotografías de la guerra civil, el expediente de la licencia del bar de la esquina... Son solo algunas de las cosas que se pueden encontrar en el Archivo Municipal, una de las estancias de la Casa Consistorial menos conocidas, pero no por ello menos atractiva. El depósito de documentos municipal existe desde que aparece la ciudad como tal. Fue en el año 1045, cuando Alfonso VI concedió a Oviedo su Fuero; es decir, la hizo una ciudad libre. No ha llegado hasta nosotros este documento, y lo que hay es la confirmación de Fernando IV ‘el Emplazado’, de 1295.

Los fondos son de carácter administrativo, no histórico, como el Provincial, situado en la antigua cárcel del Naranco. Ana Herrero, la archivera, lo resume explicando que son las temáticas que «salen en las oposiciones: organización, territorio, vecinos». Situado en un ala del Ayuntamiento reconstruida tras la guerra civil, en 1940, por fondos y por antigüedad es el primero de Asturias. Desde 1536 lo ha gestionado siempre un profesional. Gracias a eso, dice la archivera, se conserva mucho material. Pese a ello, «siempre ha habido alguien llorando porque faltaba algo». Ella misma lo sufre. «Yo lloro todo el día», admite con su peculiar sentido del humor.

Libre la ciudad de la administración real directa, hubo que dictar normas para la convivencia de los ovetenses: la organización. Las más antiguas ordenanzas que se conservan se remontan a 1245. Los concejales se fueron reuniendo a lo largo de los siglos, pero no han quedado Libros de Acuerdos que aguantasen el paso del tiempo hasta 1498.

El Archivo revive, entre documentos y legajos, cómo fue creciendo el concejo: el territorio. En 1305, en un vistoso documento de privilegio rodado, Fernando IV «nos da de Nora a Nora», apunta Hererro.

Después, en 1584, Felipe II amplía el término municipal vendiendo a la Corporación el concejo de Llanera, Cotos de Paderni, Bendones, Cerdeño, Cagigal y Naranco. A la archivera le gusta detenerse en este libro, que en la primera hoja muestra un una cruz, sobre campo azul, sujetada por dos ángeles con las plumas de colores y cuya segunda hoja está decorada con motivos florales y del reino animal: una mariquita, una mariposa y un pájaro. No son bichos habituales en aquellos tiempos, ni tampoco los ángeles con alas que no fueran blancas, explica.

Luzdivina Magdalena, entre documentos.

Luzdivina Magdalena, entre documentos. / Álex Piña

Falta la tercera pata, la población. Aunque es de suponer que se elaborasen desde mucho tiempo antes, el más antiguo padrón de vecinos del concejo que se conserva es el de 1536, escrito en vistosa caligrafía procesal (una corrupción de la cortesana).

Otros documentos importantes de interés histórico son los expediente de derribo de los Pilares, o los de la muralla medieval. Para efectuar las obras, informa la archivera, «el Ayuntamiento sacaba el dinero de la sisa de vinos. También para el Acueducto de los Pilares. Se puede decir que el vino pagó el agua».

Quien cuenta todo esto, Ana Herrero, es sin duda el alma del Archivo. Lleva al frente del servicio desde 1983, cuando se jubiló Palmira Villa, ‘Palmita’, que ejercía desde 1938. Pero a Herrero no le gusta darse importancia. Madrileña, estudió Historia Medieval y cursó un máster oficial de Archivos en la Biblioteca Nacional de España. «Cuando acabé salió esta oposición, me presenté y la saqué, con 23 años. Era una de las archiveras más jóvenes del mundo», recuerda. «¿Qué cambios ha habido? El mundo. Cuando empecé a trabajar no había ordenadores. Era pergamino y papel, me he tenido que formar» en digitalización, relata. «Hay cosas que son más fáciles, pero te implican más estudio. Lo veo con mis pobres alumnos». Y es que también da clases en el máster de Archivística de la Universidad Carlos III de Madrid. Herrero lo atiende todo con la ayuda de dos auxiliares administrativos. Por su carácter de técnica especializada, ella es la única que puede realizar ciertas actuaciones, como entregar informes a las visitas. «Echaría de menos un técnico medio de archivos», lamenta.

Investigadores

Aunque a veces se tenga una idea del Archivo como algo aislado y para eruditos, recibe visitantes de lunes a viernes, de 9 a 14 horas. «Hay dos tipos de usuarios: externo, que son los ciudadanos, y el interno, la propia Administración», explica la responsable del servicio, mientras delante de ella pasa un chico con una cámara de fotos. «Entre el público externo también hay diferencias. La mayoría son personas que necesitan algún documento para su vida diaria: ‘quiero saber las medidas exactas de mi plaza de garaje porque las líneas se han borrado y se ha metido el otro’, ‘dónde van los pilares de la casa’, ‘la licencia que tenía un bar’... Otro tipo es un investigador, de muchos niveles, desde ‘quiero saber la historia de mis abuelos’ hasta ‘quiero saber de las epidemias de peste del siglo XVI’. Esos son alumnos de Medicina, los mandamos a la cólera del XIX porque entienden la letra», continúa.

El otro gran ‘cliente’ del Archivo es la Administración, para la que averigua bienes de titularidad municipal, límites y fecha de compras de terrenos, trabajos para el Catastro, el Área de Licencias... Excepcionalmente también reciben peticiones de fotografías para publicaciones o exposiciones. Recientemente, por ejemplo, una profesora de EEUU que quería mostrar a los estudiantes de su instituto información sobre la guerra civil. Herrera estima que la mayoría son usuarios externos; cada día entran de media nueve particulares y un investigador, «más todos los correos que llegan».

La otra gran labor de este departamento es ordenar y almacenar archivos que genera la Administración (la ley acaba de eliminar el papel). Para ello, están presentes en la Comisión de Calificación de Documentos del Ayuntamiento, donde se decide qué se tiene que guardar y por cuánto tiempo, así como las peticiones de información. ¿Queda algo por digitalizar? «Todo, pero hay que tener prioridades. El presupuesto se ha ido reduciendo, tenemos unos gastos fijos y todo ‘extra’ ha desaparecido. El problema no es la digitalización, es que no tenemos depósito. Ya hace dos años que no podemos recibir ni un documento. La Corporación está intentando solucionarlo, pero hace falta mucha inversión».

A pesar de la estrechez material con la que subsisten, en el Archivo ya están preparando la versión electrónica para el año que viene –un año antes de lo exigido por ley– y ven el futuro con optimismo. «Hemos pasado épocas malas, pero creo que con la llegada de la Administración electrónica la gestión de los documentos cobra importancia. El Ayuntamiento está comprometido con el trabajo del Archivo. Veo a la Administración más cercana al ciudadano», dice.

Pase lo que pase, ella seguirá al pie del cañón, y echando las horas que hagan falta: «El martes me vengo con un yogur y un sándwich, pero me gusta el trabajo, ya vendrán tiempos mejores».

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