El Comercio

Tráfico en la calle Independencia.
Tráfico en la calle Independencia. / A. PIÑA

¡Esos humos, Señor Alcalde!

  • «Los vehículos a motor siguen circulando por calles y carreteras, desafiando a la legislación y saliendo airosos en su elusión de preceptos y de vigilantes»

Siento decepcionar a quienes, a la vista del título de este comentario, esperaran encontrar una crítica, por altivo o soberbio, a nuestro primer regidor. Nada más lejos de la realidad porque, entre las virtudes manifiestas de don Wenceslao López, junto a la rectitud y la constancia, están la cercanía y una humildad, nunca falsa, con las que reafirma sus raíces y conecta con el pueblo al que gobierna, desde un complejo acuerdo de tres socios.

Los humos a los que hago alusión no son figurados, sino reales. Y vienen de antiguo, pero no se han erradicado por más que en las últimas décadas se hayan adoptado toda suerte de medidas normativas, tanto técnicas y preventivas como sancionadoras. Hablo, como puede suponerse, de la contaminación, tóxica y maloliente, de los vehículos a motor que siguen circulando por calles y carreteras, desafiando a la legislación y a las policías de tráfico y saliendo airosos -envenenadamente airosos- en su elusión de preceptos y de vigilantes.

Huelga decir, porque todos lo padecemos y el tamaño sí importa, que siendo sumamente molesto y nocivo el circular detrás de un turismo de los que parecen expeler una mezcla de gasóleo mal quemado y de metales pesados a punto de fundirse, todavía es mucho más grave el seguir la penosa estela de un camión o un autobús, con un tubo de escape o sucedáneo, del calibre de un cañón, atufando a todo lo que se mueve o está quieto a su alrededor.

Escribo estas líneas tras constatar, un día y otro, como peatón y como conductor, que, misteriosamente, sigue habiendo autobuses que o pasan la inspección técnica o pasan de ella, pero que la cosa no tiene un pasar. Ni gracia alguna. Destrozar los pulmones al prójimo debería estar aún mucho más severamente sancionado y toda comprobación de los agentes de tráfico parece poca. A comienzos de esta semana, sin que la anécdota refleje algo ocasional, entre Llamaquique y la plaza de América, poco antes de las nueve de la mañana, pasó y paró un bus, no sé si escolar, que, literalmente, dejó una humareda de siete u ocho metros. El olor cruzó rápidamente hasta la acera contraria y la calle se convirtió en ese infierno de azufre del que habla el Apocalipsis. Quiero pensar -la verdad, no tengo constancia porque el humo lo tapaba todo-, que aquel auto no recogía y transportaba niños; más que nada porque, aunque en su interior estuvieran a salvo, tal parecía que de haber progenitores que les despidieran en la parada, se los iba a fumigar, dejando un nutrido coro de huérfanos.

Este sucedido, más grave de lo habitual pero en absoluto aislado, me escandalizó porque, tras hacer una gestión y volver al lugar del crimen diez minutos más tarde, la peste no se había ido del todo. Y porque aún estoy viendo a un grupo de personas que aguardaba la apertura de una oficina pública, tapándose la nariz ante aquel atentado, sin mucho éxito purificador.

De nada sirve apuntarse a redes de ciudades saludables o pregonar el amor al medio ambiente, si ese ambiente está tan emponzoñado a causa de la circulación temeraria de algunos. Y de algunos que deberían ser los primeros en dar ejemplo. ¿A quién no le ha irritado profundamente una infracción de tráfico de un vehículo público, como la grúa municipal, por poner un ejemplo? Afortunadamente, son supuestos muy aislados, pero justamente por eso llaman más la atención. Y los autobuses, ya sean de líneas municipales o regionales; de transporte escolar o universitario o de cualquier otra clase de usuarios, deben salir a la calle inmaculados, en estado de revista y respetando todas las normas industriales y viales que les sean de aplicación.

Mucho se ha avanzado en las campañas sanitarias contra los efectos nocivos del tabaco, su advertencia explícita en las cajetillas y las prohibiciones de fumar en lugares públicos. Pero la nube infecta que dejó el autobús al que me he referido, supera con creces, sin entrar en sus componentes, todo el stock de cigarrillos acumulado en los estancos y máquinas expendedoras de Oviedo.

Comprendo que los encargados de detectar estas infracciones no den abasto y por ende se les escape algún tubo de escape. Pero hay que esforzarse, por la salud de todos y la buena reputación ambiental del concejo, en que sean los menos posibles. Y, desde luego, aunque no esté muy arraigado en la cultura de los españoles que, con una secuela guerracivilista, seguimos viendo en las denuncias cívicas una suerte de delación, los vecinos debemos ser beligerantes en el asunto y trasladar estas incidencias graves a la autoridad competente. Sin duda, de obrar así, regalaremos años de vida a nuestros convecinos y a nosotros mismos.