El Comercio

Oviedo, un poco más pequeño sin Casa Conrado

Que todo pasa y todo queda es sentencia machadiana inapelable. Casa Conrado hizo buenos caminos sobre la tierra y la mar y La Goleta, estelas profundas sobre la mar y la tierra. Pero son éstos tiempos de cambio y de dificultades, donde cada vez menos asturianos pueden permitirse el mantel de hilo recién lavado y planchado, los cubiertos de aleación de plata y las vajillas con el sello de la casa.

Qué le vamos a hacer: ya no exportamos carbón, exportamos licenciados.

Quédele al Yantar la satisfacción de haber premiado la singularísima trayectoria de ambos restaurantes, otorgándoles La Caldereta de don Calixto. Y a EL COMERCIO, la de publicar las últimas recetas en vida de doña Jesusa, la matriarca fuerte y dulce que, con su marido Conrado Antón y, después, con su hijo Marcelo Conrado, emprendiera una larga aventura de trabajo duro y logros sucesivos desde el Tineo natal hasta el Oviedo predestinado.

Casa Conrado y La Goleta no sólo fueron restaurantes de excelente cocina y servicio puntilloso. También acogieron tertulias literarias, promocionaron publicaciones, enmarcaron homenajes y tendieron un temprano puente entre comida clásica y cultura clásica, que andan últimamente un poco alicaídas entre tantos mestizajes, nuevas presentaciones, ajuares estrambóticos y continuas cuadraturas de círculos.

Hemos cambiado de siglo, de economía, de sociedad y de creencias, cosas del acontecer histórico que el hombre trata de controlar pero que son incontrolabes. Priman las ligerezas, los folclorismos desenfocados y –en ocasiones– hasta el sírvase usted mismo: Se prefiere el chateo largo y ruidoso a la mesa sosegada y provista, incluso saliendo la segunda más económica. Por tanto, con el cierre de este par de referencias carbayonas, toca ponerle una vela a Santa Marta, patrona de los hosteleros, para que las pocas grandes casas de comidas que nos quedan, ajenas a las modas y perpetuamente desveladas por la atención íntegra y completa al cliente, sigan sobreviviendo en esta Asturias perpetuamente menguante.

Quien esto les dice guarda, además, una deuda de gratitud especialmente fuerte con el elegante comedor de Casa Conrado: hace treinta y cinco años y sufriendo una situación económica especialmente difícil, fui citado allí para comer con una ejecutiva de una importante editorial catalana que buscaba un autor de guías turísticas. Mi situación, por desesperada, me obligaba a aceptar cualquier oferta que diera para pan y mortadela. Y allí, ante una de las indudablemente mejores fabadas del mundo, las pobres expectativas que llevaba quedaron satisfechas en un mil por uno, y terminaron marcando el futuro laboral que aún me sostiene.

Además, y bastante antes de que se convirtiera en grato lugar habitual, era la primera vez que comía a tal altura.

Por eso y por otras muchas cosas, gracias Marcelo, gracias Laura y gracias Javier.

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