El Comercio

Casa Conrado se despide de la ciudad tras 42 años sirviendo pucheros

Casa Conrado ya no abrió ayer sus puertas.
Casa Conrado ya no abrió ayer sus puertas. / PIÑA
  • El restaurante de la calle Jovellanos cierra sus puertas un día antes de lo previsto y tan solo tres después de que La Goleta bajara la persiana

Algunos turistas ojeaban ayer los precios del menú que cuelga todavía junto a la puerta de Casa Conrado. Repasaban platos y precios que nunca probarán. El cierre del restaurante parecía el de cualquier día de descanso. No había nada en el local que hiciera pensar que no volverían servirse los pucheros en aquellas mesas. Incluso el libro de reservas aguardaba en la mesa central del bar de Casa Conrado. Había escrito ya su punto final.

Fue hace cuarenta y dos años cuando Marcelo Conrado Antón, más conocido por su segundo nombre, comenzó a trabajar en el restaurante que abrieron sus padres, Conrado y Jesusa, en la calle Jovellanos, un negocio que cerró el pasado sábado antes incluso de lo anunciado. La casa de comidas estaba hasta los topes de reservas para celebrar el Día del Padre y despedir sus cocinas, pero los propietarios decidieron cancelarlas todas y cerrar el negocio con apuro un día antes de lo previsto. Hacía tan solo tres días que el otro restaurante familiar, La Goleta, también había dicho adiós con treinta siete años de vida. Dos negocios que no se entienden sin Conrado, como tampoco lo hace la historia gastronómica y social de Oviedo, de la que él es un personaje indiscutible. Tras muchos años al frente de ambos restaurantes, en 2011 sufrió un accidente cerebrovascular que lo hizo apartarse de sus negocios y dejarlos en manos de sus hijos, Javier y Laura.

Cuesta encontrar un aprecio tan unánime como el que él despierta aún el hostelero entre las personalidades de la ciudad y sus compañeros de profesión, que le dieron en 2012 la Medalla de Oro de la Hostelería de Asturias. «Fue una institución de la hostelería, siguió a su padre, que también marcó un hito, y fue un gran sucesor, con dos negocios de mucha fama en Asturias y fuera. El cierre deja un gran vacío», afirma José Manuel Gómez, más conocido como 'Pepe el del Tizón'. Para Jaime Reinares, concejal popular entre 1987 y 2015, «Marcelo es un hombre que ha dejado huella en Oviedo. Personas y familia de esta categoría son los que se necesitan en Asturias para generar actividad».

La capacidad de trabajo de Antón es bien conocida. «Dirigía hasta por teléfono, estaba pendiente de sus negocios y de sus clientes. Era muy dinámico», recuerda Gómez. Quizá la faceta en la que más destacaba, coinciden varios de sus conocidos, es la de relaciones públicas. «Durante los Premios Príncipe, Casa Conrado era el lugar donde pasaban las personas importantes que venían a Oviedo de visita, era el santuario de comer bien».

El hostelero es un hombre de buen corazón, aunque con cierto pronto. «Es un gran amigo de sus amigos, extraordinaria persona, extrovertido. Nunca tuvo enemigos y nunca los va a tener», asevera el exedil. «Es un hombre muy agradable, muy alternador, de estar con peñas de amigos, jugar la partida y relacionarse al más alto nivel, un buen tío. Simpático y siempre con un chiste», apunta 'Pepe el del Tizón'.

Ese carácter extrovertido, de anfitrión atento y cómplice, llenó sus mesas de comensales, tertulianos y parroquianos de café y copa. Javier Antón, hijo y sucesor del conocido hostelero, no pudo tener mejor maestro. «Es un gran relaciones públicas, fue lo que viví con él. El cariño que le tiene la gente a la casa es por él. Siempre estuvo bien relacionado. Es de esta gente que se dejaba notar», cuenta. Tras su enfermedad los sucesores le echaron mucho de menos en la gestión del restaurante. «Él nunca me obligó a meterme en este mundo, fue por inercia», asegura el hijo del carismático hostelero, que no puede elegir una única enseñanza de su padre. «Me enseñó muchas cosas, de él aprendí el trato con la gente y todo lo que conlleva el mundo de la hostelería. Era generoso, detallista, se acordaba del nombre de todo el mundo, tenía capacidad de convocatoria. Tenía carácter, pero son cosas puntuales. Cuando había un problema era mi padre el que salía», asegura.

Casi a la vez que Antón, comenzó su carrera empresarial el peluquero Ramiro Fernández. «Empezamos casi juntos en la plaza Juan XXIII, junto a la farmacia Migoya. Él era un niño cuando yo me establecí», recuerda el peluquero. Dice que el hostelero ya tenía en aquellos tiempos «madera. Tuvo dos restaurantes con éxito que han hecho gala de esfuerzo y profesionalidad. Fue uno de los relaciones públicas más importantes de la ciudad, un hombre que conoce a todas las personalidades de los Premios Príncipe de Asturias. Es un auténtico cicerón de todos estos personajes y una personalidad arrolladora». Una que se añora, como ahora se añora Casa Conrado.

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