Adiós a 'Manolín, el gitano', el quinqui que se ganó el afecto

'Manolín, el gitano' en una manifestación de estudiantes de Informática en 2008./MARIO ROJAS
'Manolín, el gitano' en una manifestación de estudiantes de Informática en 2008. / MARIO ROJAS

El conocido mendigo ovetense Manuel Manzano fallece a los 58 años | Último superviviente de una generación que creció en la marginalidad, se fabricó un personaje pícaro que se fundió con la vida social de la ciudad

GONZALO DÍAZ-RUBÍN OVIEDO.

«¡Uy!, Hoy no puedo, tengo ópera». 'Manolín, El Gitano', José Manuel Manzano Ramírez, natural de Coruño (Llanera), quinqui, ladrón, mentiroso compulsivo, bebedor, acosador, soplón, víctima de palizas, roto, enfermo, toxicómano, mendigo, iletrado, pero no tonto se convirtió con el tiempo en parte del fondo de la ciudad, de su vida social, de sus fiestas, de sus manifestaciones, de las campañas electorales... Entró, con retrato en el Bellas Artes, sableó a autoridades, fingió la muerte de su madre y los ovetenses lloraron las veces que 'murió' en las redes sociales. Anteayer lo hizo de verdad. Falleció a los 58 años de edad como consecuencia de una neumonía en el HUCA.

Su historia es otra de esas de los años 80, de barrios marginales, de arrabal y droga. De sus 11 hermanos, contaba, quedaban vivos tres. Manolín sobrevivió, pero pudo no haberlo hecho. Tenía la estadística y una vida de chabolas y miseria en contra. Pudo haber muerto en la cárcel, conoció la de Oviedo y fue uno de los primeros 'inquilinos' de la de Villabona; como consecuencia de alguna paliza, de sobredosis o en la calle, aterido de frío. Sin embargo sobrevivió para convertirse en un personaje popular y querido por miles de ovetenses. En un mendigo lleno de orgullo, que enseñaba a los turistas los recortes de prensa sobre el retrato que le hizo Miguel Galano para el Museo de Bellas Artes y proclamaba: «Miraime , soy más famoso que el alcalde»; en una figura menuda que dejaba las muletas para bailar entre los chiringuitos en San Mateo.

Yonqui, soplón y confidente de la Policía, capaz -antes de su deterioro de los últimos años- de recuperar objetos que habían sido sustraídos, fue también, junto a alguno de sus hermanos, pesadilla de niños y preadolescentes a los que daba 'el palo' al menor descuido. En los 80, los Manzano, 'El Rata', 'El Lechuga' y el 'Yesus' fueron nuestros quinquis. Ventanielles, La Carisa, Costa Verde, nuestros Vallecas.

Al filo del cambio de década, la Policía empezó a cambiar también. Tal vez, harta del ciclo de detenciones y libertades provisionales. En Oviedo se recogían firmas contra las sospechas de malos tratos y palizas por parte de la Policía Local. En pocos años, 'El Rata', 'El Lechuga' o, más tarde, Jesús Moynelo, 'El Yesus', hoy condenado a 21 años de cárcel como autor del tiroteo mortal en Gerona, desaparecieron como las películas del Vaquilla. El crecimiento económico, los cambios sociales y, también, la muerte por sobredosis o por los primeros casos de SIDA, acabaron con los quinquis. No con Manolín. Enfermo, se reconvirtió en mendigo y, con el tiempo, en uno de postín. Se especializó en pedir limosna en las mejores zonas, usó sus dotes de actor lastimero en los actos más relevantes de la ciudad. Esta semana, se le echó en falta en los Premios Princesa pidiendo una ayuda y deseando «que tengáis mucha suerte». Estaba ingresado en el HUCA desde el martes.

En la humilde pensión Ana, de la calle Foncalada, donde acudió a dormir durante años, lo encontraron un poco cansado esta semana. Nada más. Su propietaria, Isolina Menéndez, le acogió hacia finales de 2011, «harta de que Manolín le durmiera en el portal sobre unos cartones», y le echó hace más de uno, «harta de que aporrease las puertas de los otros clientes cuando llegaba bebido». Todavía volvió a pedir techo esta semana y encontró la casa abierta, pero sus ausencias no eran raras. Isolina Menéndez, la propietaria hoy retirada, tuvo que desmentir varias veces su muerte. La última en 2013, cuando uno de sus hermanos hizo correr el bulo de su fallecimiento para pedir para su entierro.

Manolín sentía especial devoción por su madre, que falleció hace una década. A ella, dijo, le regaló la copia del cuadro que le pintó Galano. No es seguro que lo hiciera. También pedía para el «funeral» de su progenitora y, al día, siguiente, alegaba tener «prisa, para ir a ver a mi madre». Mentiroso profesional, capaz de arrastrarse con las muletas a la salida de misa en Las Esclavas y de tirarlas para bailar en cualquier verbena, al Manolín pícaro, pedigüeño y lastimoso, los ovetenses acabaron por perdonarle casi todo.

En la calle Uría, alguien improvisó ayer un altar con dos velas y un cartel que reza: 'Manolín D.E.P.'. En las redes sociales, hay quien pide estatua, calle «y una fiesta como la de San Genarín, en León». También quien recuerda sus sablazos a Gabino de Lorenzo, Rivi, Ovidio Sánchez, Pepe Cosmen y a ¿miles? de ciudadanos anónimos más. También hay quien recuerda su pasado quinqui, «ser perseguido con unas tijeras», su trato a las mujeres o cuando echaba maldiciones. Contó tantas mentiras, que casi parece otra que haya muerto.

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