Cuarenta años del robo del siglo

Estado en el que quedó la Cruz de los Ángeles.
Estado en el que quedó la Cruz de los Ángeles.

El dañino saqueo de las joyas de la Cámara Santa enfureció a toda Asturias. José Domínguez Saavedra fue el único condenado, a diez años de cárcel, por el delito. Nunca se hallaron todas las partes desparecidas

DANIEL LUMBRERAS

Hace casi cuarenta años, un atraco conmocionó a Asturias entera. En la noche del 9 al 10 de agosto de 1977, la Cámara Santa fue expoliada: un ladrón se llevó, dejándolas maltrechas, las piedras y metales preciosos de la Cruz de los Ángeles, la Cruz de la Victoria y la Caja de las Ágatas. Un robo por valor de 3,5 millones de pesetas, sin tener en cuenta el valor histórico artístico, tras ocultarse en la Catedral a su cierre y entrar por la fuerza en la Cámara Santa, aprovechando unas obras. «Un daño irreparable», según el entonces arzobispo, Gabino Díaz Merchán.

Parte del oro recuperado.

Los primeros en acceder a la Cámara, tras la empleada de la limpieza Julia Artidiella a las siete de la mañana, fueron el ya fallecido Ignacio Laizola y el actual deán de la Catedral, Benito Gallego. No se le olvidará nunca; acababa de portar la Cruz de la Victoria en la primera visita de los Reyes a la Catedral por ser el último canónigo en entrar. «Llevaba dos años. Llegamos y nos dio una impresión tremenda, la Cruz de los Ángeles rota, la Cruz de la Victoria eran trozos de madera y la Caja de los Ágatas lo mismo. Todo destrozado, la verja abierta. No teníamos alarma, de aquella ni te imaginabas eso», rememora Gallego. Por suerte, el Arca Santa «ni la tocó». Las Fuerzas de Seguridad se emplearon a fondo. La gente estaba furiosa. El día 19, apareció en Puente Borja (Orense) un cofre con 1,5 kilos de oro y 251 piedras preciosas. Eran del botín de Oviedo. El delincuente, José Domínguez Saavedra, huyó por un terraplén.

Las gemas que se recobraron.

Pero fue una victoria sin alas. Al ladrón lo cazaron de nuevo con las manos en la masa en Oporto el 13 de septiembre y otra parte de lo robado apareció en una escombrera de Gijón. «Se encontró casi todo», afirma el deán, pero algunas partes de la Caja no se hallaron hasta 1989 y hubo piezas jamás recuperadas. «Están en otras manos», dijo Domínguez Saavedra.

El estado en el que se encontraba la Cruz antes de que comenzase su restauración.

Díaz Merchán nombró una comisión de notables en noviembre para reparar las joyas, que trabajó durante veinte años. La restauración la ejecutó un equipo de una docena de personas dirigido por Carlos Álvarez de Benito, desde principios del año 78 hasta 1986. Fueron unos trabajos complejos, las joyas «estaban totalmente destrozadas. No se especuló nada, la meta era recuperar aquello como fuere». El Instituto de Conservación y Restauración aseguró en un informe «que las Cruces eran imposibles restaurar y nos recomendaban guardar los trozos y hacer una réplica», pero eso «para un asturiano era una idea difícil de aceptar». Así que poco a poco fueron avanzando siempre «con la condición de que todo fuera reversible». «No se escatimó nada, costó alrededor de treinta millones de pesetas», apunta Álvarez. Las partes que no se recuperaron no se sustituyeron, «como testimonio, lo que faltó falta». «Me siento muy satisfecho de haberlo hecho bien», asegura.

Domínguez Saavedra se enfrentó a un juicio muy mediático en mayo de 1978 en la Audiencia Provincial de Oviedo. Creyó que nadie aceptaría defenderlo, pero hubo un hombre que, por mediación del periodista de televisión Agustín Menéndez, ‘Santarúa’, lo hizo: el que luego sería alcalde socialista AntonioMasip.

José Domínguez Saavedra es conducido a la Audiencia Provincial de Oviedo para ser juzgado por su delito.

Masip pidió la nulidad del proceso porque Domínguez Saavedra había declarado en Portugal sin intérprete y fue detenido por la Policía española tras «darle un empujón la portuguesa». Pero no funcionó. Al acusado le hizo decir en su última palabra: «No puedo comprender cómo por un robo me piden diez años y los de Matesa (la Gürtel de la época) están en libertad». «Creo que estuve a la altura», resume el exalcalde Antonio Masip. De su defendido recuerda que «era un tipo listo incluso muy listo». Pasado el tiempo, revela que está convencido de que tuvo ayuda: «No me dijo que eran tres, pero eran».

El ladrón cumplió diez años por aquel robo. Poco después de su salida fue condenado por la muerte de dos turistas portugueses y encarcelado de nuevo en A Lama (Pontevedra), donde se le pierde la pista; posiblemente fue trasladado.

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