«Un cura tiene que estar con la gente, si quisiera estar aislado me haría cartujo»

Luis González, junto a la que ha sido su parroquia 15 años. /M. ROJAS
Luis González, junto a la que ha sido su parroquia 15 años. / M. ROJAS

Luis González, párroco de San Claudio durante 15 años: «Los políticos van a los pueblos cuando hay elecciones, pero el que vive con el pueblo y sale a encontrarse con los paisaninos es el cura»

DANIEL LUMBRERAS OVIEDO.

Luis González (Riosa, 1954) deja la que ha sido su parroquia los últimos 15 años. Cambia San Claudio (y Loriana, Sograndio y Piedramuelle) por Sariego. Ordenado en 1980, estudió en el seminario de Oviedo. Fue religioso en Benin. Además de Sariego, será capellán del monasterio de Santa María de Valdediós. 400 vecinos lo despidieron el sábado.

-¿Qué le parece el homenaje que le prepararon los vecinos?

-Algo inesperado, ni me lo imaginaba de lejos. Estoy agradecido a todos los vecinos de las cuatro parroquias, que se han unido. Lo llamo un 'hasta luego', seguiremos viéndonos. Saber que la gente reconoce lo que has hecho, el aprecio que te tienen, que es el mismo que tengo hacia ellos. Siempre han sido personas que han estado al lado de lo que ha hecho falta, han sabido acogerme cuando vine y echarme una mano. Reconocen la labor en conjunto, porque solo no hago nada.

-¿Cómo fue su desembarco hace 15 años?

-Estaba de obispo don Carlos Osoro y de aquella estaba en Grandas de Salime con Alfonso Abel. Se había reparado el tejado de san Martín de Valledor y en la fiesta de inauguración nos comunicó que yo venía a San Claudio y él a Teverga. Es esencial para todos los curas la disponibilidad y la obediencia. Me acogió muy bien el párroco que marchaba, Ceferino Álvarez, y la gente supo animarme y acompañarme, aunque a veces riñes un poco desde el púlpito para que vayamos despertando, que estamos adormecidos.

-Un poco para que la zona rural no muera.

-La figura del cura en la zona rural es imprescindible. Pasé por muchas parroquias de zona rural y se constata una cosa: los políticos van a los pueblos cuando hay elecciones. Los maestros muchos están concentrados en las capitales o con la perspectiva de salir a otro lugar. El médico está presente, pero el que vive con el pueblo constantemente, no solo en la parroquia central y sale a encontrarse con los paisaninos mayores es el cura. No podemos quedarnos en la sede central, porque ser seguidor de Jesús es estar con los demás, aunque te complique la vida.

-¿En las parroquias pequeñas se está más cerca del Evangelio?

-En la zona rural sí, es otra forma de vivir. En las ciudades ya no se siente tanta necesidad de relacionarse, hemos cambiado de valores. Eso en los pueblos aún perdura. Pero lo decía Juan Pablo II, estamos aquí para evangelizar en lo fácil y en lo difícil.

-¿Dónde más estuvo?

-La primera fue Sotres, la zona de los Picos de Europa, en Cabranes. Luego en Ciaño, otra realidad diferente. De ahí me enviaron a Cangas del Narcea de coadjutor, también llevábamos el santuario de la Virgen del Acebo. A los tres años me marché a la misión diocesana en Benin. Estuve cuatro años y medio.

-¿Qué aprendió allí?

-Es la etapa más rica de mi vida; no es lo que te aprenden, es lo que te enseñan. Allí todavía es importante la hospitalidad, la acogida y los viejos. La ilusión y la esperanza que tienen a pesar de la pobreza en la que viven, no se les quita la sonrisa de la cara. Eso lo hemos perdido en Europa. Es una labor de vivir igual que ellos, ir a los pueblos, llevar a cabo proyectos de pozos y de lo que sea. También de evangelización. Igual empiezan a bautizarse en 10 o 15 años, no hay plazo, pero es gratificante.

-¿Recibió más de lo que dio?

-Mucho. Descubres que aquí hay cosas que no son necesarias. No echas de menos la televisión ni otras cosas que nos morimos sin ellas. Ni te preguntas por ellas, estás en contacto con la gente, tomas una cerveza con los catequistas, visitas a la gente, la acoges en la misión sean cristianos, musulmanes o de la religión tradicional... Hay una apertura total. Allí había bastantes musulmanes, los católicos en la zona que estábamos, a 100 kilómetros al norte de la capital, éramos el 0,5 %, y éramos felices. Me acuerdo de que el imán, que murió poco después, se operaba de la pierna, y pedimos en la misa por él, y en las fiestas cristianas nos felicitaban, y al final del Ramadán íbamos a casa de él a saludarlo y darle un regalo, aunque fueran dos pollos.

-¿Ha vuelto?

-No se me arregló, no volví.

-¿Qué dejan tras de usted estos quince años en la parroquia?

-Dejo amigos, una labor de las catequistas y del grupo de Cáritas y una gratitud muy grande; en momentos de dificultad siempre ha habido apoyo. El futuro son los niños de ahora, hay que hacer una catequesis en la cual se encuentren a gusto y vayan descubriendo lo que significa ser amigo de Jesús, la iglesia, los amigos, quererse, ayudarse, la existencia de los pobres...

-¿Cuáles fueron el mejor y el peor momento?

-El mejor cuando pasé por problemas de fallecimiento de familiares y la compañía que me hizo la gente. Eso no hay nada que lo pague. Momento difícil ninguno.

-Estamos en una zona que se ha desindustrializado.

-A San Claudio lo han matado. Se han cerrado la fábrica de loza y la de tubos y quedaron varias familias los dos sin trabajo. Eso no se ha recuperado, porque a nivel institucional no se ha creado alternativa. Es un barrio para dormir. Cuando cerraron la fábrica dijeron que iban a hacerla Bien de Interés Cultural y al poco tiempo entraron allí, le metieron fuego... Y está cerrada y cayéndose. Dios quiera que me equivoque, pero igual acaba siendo suelo urbanizable. Ves el pueblo apagado, hace quince años había vida en San Claudio. Llegabas a la una a un bar y había gente tomándose el vino antes de comer, y ahora está vacío.

-¿Las otras parroquias están más animadas?

-Es distinto. Mucha gente de Sograndio trabajaba en la zona. Quizás es más rural, pero ves vida, la gente va al bar. Aquí ha bajado mucho, quizás por el poder adquisitivo que se ha perdido, lo que da el paro es poco.

-¿Qué pediría para sus vecinos?

-Que si quieren lograr algo, que tiene que ser unidos y no tener miedo a nadie, dar la cara y enfrentarse con quien sea. Si no, no avanzarán: se acostumbran y se estancan. Además de saber callar, también hay que saber protestar. La unidad es básica, y la hubo con la fábrica de loza. La gente respondió a las manifestaciones, subimos al Ayuntamiento. Un cura tiene que estar donde está la gente. Si quisiera ser un cura aislado me metería a lo mejor a cartujo.

-¿Cómo nació su vocación?

-De una forma natural. Mi familia era creyente, íbamos a misa. Al acabar el bachiller a los 19 me planteé qué hacer y me metí en el Seminario. De ahí vas madurando esa llamada. Ser cura me hace feliz.

-¿Deja algún asunto pendiente?

-Hemos hecho lo que hemos podido y lo que sabemos.

-¿Algún consejo para su sucesor?

-De mano ver, oír y callar. Luego podrá planificar el trabajo, no soy maestro de nada.

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