«De un paisaje me interesa la huella del ser humano en él»

«De un paisaje me interesa la huella del ser humano en él»
José Manuel Navia, ayer tras inaugurar 'Motiva'. / M. R.
José Manuel Navia, fotógrafo

«Los fotógrafos hacen más trasmpas que un payaso de circo y el antídoto es la honestidad»

P. A. MARÍN ESTRADA

José Manuel Navia (Madrid, 1957) es uno de los fotógrafos españoles con más prestigio internacional. Sus trabajos publicados en prensa o recogidos en diversos libros y exposiciones individuales, son una referencia imprescindible para generaciones de espectadores. Él ha sido el encargado de pronunciar la conferencia inaugural de la presente edición de Motiva en la Escuela de Arte. Hablamos con él del oficio al que ha dedicado toda su vida y cuyos secretos le gusta compartir con los demás, en talleres como el que imparte con su equipo estos días.

-Ha explicado en su conferencia que la fotografía no cuenta historias pero prende la chispa para que surjan.

-Claro, el fuerte de la fotografía es su significación, para contar historias es un medio pobre, pero a partir de una imagen se nos pueden ocurrir mil historias. Eso hace que a tantos escritores les interese tanto la fotografía y la sepan leer tan bien. El hilo común con la literatura es la memoria. Lissette Model, la maestra de Diane Arbus, decía: la luz impresiona la película del mismo modo que la realidad impresiona nuestra memoria.

-¿Ahí se distinguirían la imagen documental de la artística?

-La fotografía es un lenguaje autónomo y como tal su vocación es comunicar, luego puede alcanzar una segunda función estética, pero sin abandonar la vocación comunicativa. Ese es el tipo de imagen que me interesa, la que puede construir discursos significativos: no la imagen aislada, sino la secuencia.

-¿Cómo se relaciona con la realidad?

-Las imágenes son tan parecidas a la realidad que tendemos a pensar que son reales, todo el mundo intenta ver una correspondencia directa. Se acepta que algo es verdad porque está en la imagen y los fotógrafos hacen más trampas que un payaso de circo. El ejemplo, el miliciano muerto de Capa. El antídoto es la honestidad: algo que el autor logra a fuerza de demostrar que es creíble, fiable. Tiene que ganárselo.

-Usted busca esa credibilidad en la mirada moral de unos paisajes que llama «sin prestigio»…

-Y que albergan paisanos sin prestigio. Me interesan desde un sentido moral, lo digo sin empacho: es un asunto de fidelidad. Si una obra puede tener algún valor es por la honestidad con que esté hecha y esa lealtad a tus orígenes. Todos los grandes la han tenido, han trabajado en entornos cercanos. Era Marsé quién hablaba de su infancia como paisaje moral. Una idea relacionada con la intrahistoria de Unamuno. En un paisaje lo que me interesa es la huella del ser humano en él.

-¿Y que el espectador se reconozca en ese paisaje común por universal?

-Vuelvo a la honestidad. Tengo fe en que es contagiosa y es más fácil que si tu cumples tu parte del pacto el otro lo cumpla, ahí es donde se produce la comunicación…Por eso Boltanski, un artista conceptual que me encanta, dice que la verdadera comunicación se produce cuando entre lector y el autor hay un pasado en el que hay algo por compartir. Ahí es donde nos entendemos.

-En sus talleres acuden jóvenes criados en la cultura digital ¿ seguirán fieles a ese pacto?

-La relación con la imagen es distinta a la nuestra, pero también la nuestra y la de nuestros antepasados. Claro que se producen cambios, pero estoy seguro de que ellos van a encontrar usos nuevos. En mis talleres aclaro que eso no es como hay que hacer las cosas sino como nosotros las hemos hecho y lo aprovechable es que lo esencial no cambia tanto, cambian las maneras, las técnicas.

-¿Y la formación?

-Fundamental. Cuanto más te alimentes mejor vas a manejar tu herramienta. Y para ello es necesario que los referentes sean sólidos: Walker Evans, Eugene Smith, Robert Frank y Diane Arbus, con esa familia vas al fin del mundo.

-Con esos referentes sólidos me imagino que se atenúa el riesgo de perderse ante tanta obra como la que hoy se puede encontrar gracias a la tecnología…

-Claro, el peligro que tienen ahora los chavales es que tienen demasiada información y que ven todo lo que hacen sus coetáneos, en especial los que supuestamente 'triunfan', que cada vez hay más y se parecen más…Hace falta eso que llamaba Machado separar los ecos de las voces…Y las voces auténticas raramente suelen ser las que más ruido hacen, pero son las que hay que buscar. Lo demás es estar en la pomada. En definitiva perder el tiempo, que es precioso.

-Ayer les ha hablado a esos jóvenes de hitos históricos de la fotografía, como su incorporación a la prensa…

-Es crucial. Eso consigue fijar el oficio de fotógrafo, que pueda vivir dando su obra para ser reproducida y alcance una difusión masiva. El padre del fotoperiodismo Eugene Smith publicó sus mejores imágenes en la revista Life que todos podían ver por unos pocos peniques. Lo interesante es lo que hacen los grandes, consiguiendo imponer su mirada en los medios. Aunque su difusión fuese masiva no renunciaban a que fuera personal y por tanto crítica. Tenían la suficiente convicción como para conseguir que los medios aceptase esa mirada: si eran listos percibían pronto que así eran mejores a otros medios, ofrecían algo distinto. Terminó siendo un oficio muy cotizado en épocas como la década de los 50 en los Estados Unidos. El trabajo de los reporteros en la guerra mundial y antes en la española contribuyó bastante a ese prestigio.

-¿El fotoperiodismo de guerra y su leyenda sigue alimentando los sueños de quienes hoy se inician en la imagen? ¿Lo percibe en sus cursos?

-Es curioso, está cambiando bastante y no sé si tiene que ver con la presencia cada vez mayor de las mujeres en estos talleres. Aquí en Oviedo, como dato, en el curso hay un 95% de alumnas. Yo creo que ese aventurerismo algo tiene que ver con la testosterona, desde luego ellas no lo ven de la misma manera. Un ejemplo de ello lo tenemos en fotógrafas como Susan Meiselas, una de las mejores de Magnum. Como reportera de guerra entró en Managua, en la casa de Somoza con los sandinistas, vivió desde muy cerca la revolución de Nicaragua y sin embargo no se la recuerda por esos trabajos, seguramente porque ella no les ha dado tanta importancia. Eso es positivo, la parte negativa (lo digo con humor) es que ahora en los cursos abundan los trabajos autorreferenciales. Antes les decía a los participantes que no es preciso irse a Palestina o a Bolivia, para hacer un buen trabajo, basta mirar en vuestro barrio, vuestra casa, familia y ahora casi tengo que decir lo contrario: «si salís de vuestro cuarto, el pasillo es la leche y no te digo nada si bajais al portal» (Risas). Vamos, que ni lo uno ni lo otro. La cuestión es tener algo que contar y hacerlo lo más honestamente posible.

-Usted siempre ha tenido una relación muy directa con la literatura, hasta el punto de que en sus libros le gusta incluir textos ajenos que dialogan con sus imágenes…

-Así como tengo la plena convicción de que la fotografía es un medio de expresión autónomo y no necesita de la palabra, creo también que ambas no se hacen daño. El buen pescado se saborea solo pero si le añado un buen arroz tampoco se estropea. Mis dos pasiones son la fotografía y la literatura y mis libros son reflejo de mi propia vida. A mi he ha hecho más fotógrafo la literatura que la fotografía, lo vivo así e intento que se muestre, aunque pueda generar contradicciones.

-Ha colaborado mucho con escritores. ¿Ellos también le han aportado su mirada al trabajo propio?

-Me he encontrado con escritores que han leído mejor la fotografía que muchos de mis colegas y no digamos ciertos 'especialistas'. Uno de ellos, con quien no me unía una relación de amistad, Augusto Roa Bastos, me escribió a propósito de mi fotografía que mis imágenes eran «austeras y despojadas». Es el mayor elogio que me han hecho. No sé si lo eran entonces, pero desde ese momento me he empeñado en corresponder a esa apreciación.

Temas

Oviedo

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos