Los papeles de San Claudio, salvados

Los papeles de San Claudio, salvados
Estado actual del edificio que albergaba el archivo de la fábrica de loza de San Claudio. / MARIO ROJAS

El Archivo Histórico muestra al público los documentos rescatados de la fábrica de loza | El material a disposición del público comprende 267 cajas, 30 libros de contabilidad, 43 carpetas con calcomanías y 31 piezas de loza

DANIEL LUMBRERAS

El investigador, o simplemente el ciudadano interesado en conocer la historia de la fábrica de loza de San Claudio, la gran factoría que abrió Senén Ceñal en 1901 y cerró Álvaro Ruiz de Alda en 2009, ya puede acudir al Archivo Histórico Provincial, en la antigua cárcel de Oviedo, y consultar 267 cajas de tamaño normalizado, 30 libros de contabilidad, 43 carpetas con calcomanías, 31 piezas de loza originales y 8 cajas con moldes y soportes. Es el fruto del trabajo de siete meses de tres profesionales: Celia Macías, Bárbara Corteguera y Ángel Antonio Argüelles, que salvaron ‘in extremis’ los papeles antes de que un incendio intencionado el 9 de agosto de 2014 arrasase el edificio en el que se encontraban.

La colección incluye toda clase de materiales desde casi los inicios de la empresa hasta los años 90, aunque gran parte de la documentación anterior a la Guerra Civil se ha perdido. La contabilidad, los expedientes de los empleados, los diseños de la loza... Toda una historia que reconstruye lo que un día fue una de las principales industrias del concejo. «Hay libros de cuentas, proyectos de obra, patentes y marcas, documentos de los proveedores y clientes y papeles de máquinas que se compraban», precisa la directora del Archivo, Concepción Paredes. También, a título ilustrativo, algunos moldes y piezas de loza, como platos o cafeteras. La colección está suscitando interés. «Ya ha venido gente, y algún extrabajador también», concede Argüelles.

El archivero tiene especial querencia por algunas piezas, como las acciones de los años 30, contratos con Movierecord, como «uno de 1971 para publicidad en cines locales» y una copia del libro de matrícula de 1921. Allí aparecen –tachados los dados de baja o fallecidos– todos los empleados, con su categoría profesional. El número 1 era Julio Suárez, nacido en 1888 y que entró a trabajar como encargado.

El rescate

Con motivo de la actualización del censo-guía de archivos del Principado de Asturias, los profesionales se acercaron por primera vez al de la fábrica en noviembre de 2001, ya «en una etapa de incertidumbre para la empresa y los trabajadores», apunta Argüelles. La directora administrativa, Ana Suárez, ya advirtió a los investigadores, antes de que entrasen al depósito, de que tuviesen «precaución».

No era en balde. El archivero describe que «el estado del bajocubierta era tan precario que los propios trabajadores evitaban subir. El hundimiento de una parte del suelo de madera, en el centro del edificio, y la propia inseguridad de la angosta escalera» dificultaban tanto el uso de este almacén que «al final solo se empleaba como improvisado trastero». Allí encontraron, «bastante desordenados», todo tipo de objetos. Desde libros-copiadores de correspondencia y muestrarios, hasta licencias de importación y cerámicas de otros países (China, Checoslovaquia, América...) traídas para conocer qué hacía la competencia. Todo ello, en condiciones de preservación que hallaron «preocupantes».

Ya cerrada la fábrica, y pasto del vandalismo, los archiveros volvieron allí en 2011 a instancias del Consejo de Patrimonio de Asturias. «Pese a las intrusiones constantes de ladrones y vándalos, el depósito visitado en 2001 se encontraba en las mismas condiciones, sin apenas cambios». Notaron que se habían quemado algunos documentos contemporáneos y hallaron, para su sorpresa, la caja fuerte abierta con documentos societarios antiguos. Inspeccionaron a fondo la fábrica y se llevaron una selección de objetos y diseños. Todavía apareció algún libro en un rastro más adelante, en 2016

Una vez rescatado el material, tocó procesarlo en la vieja cárcel. Argüelles recuerda que «llegó sucio» y «en cajas de madera, casi todas apolilladas». Armados con guantes y desinfectante, los tres archiveros lo trataron, guardaron en cajas neutras para preservarlo y lo catalogaron en una base de datos. «No hubo dificultades técnicas» porque ya tenían experiencia con otras empresas. El proceso se retrasó hasta 2017 porque se contrató por años a personal externo para ordenar varios fondos, y a la locería le tocó al final.

Paredes destaca de este fondo «la parte social», la relevancia que tuvo al generar riqueza para Oviedo en cuanto a «trabajo femenino, cuantitativamente, porque eran muchas, y cualitativamente, por la calidad, destreza y paciencia». También, «la difusión», que alcanzó en toda Asturias. «Raro era que no te regalasen una vajilla de San Claudio al casarte», rememora Argüelles; también las obsequiaba el Ayuntamiento en enlaces civiles. Pero también fuera de Asturias, hasta llegar incluso a la Casa Real.

Queda labor aún, indica la directora: «El siguiente paso es ordenar el archivo personal de Luis Fumanal (director artístico de la locería de 1952 a 1989), que ingresó en 2017 como depósito de sus hijos, Luis, Blanca y Francisco. Nuestra intención es organizarlo en este año. Alguna documentación se solapa», tercia Argüelles, pero será de interés para los historiadores del arte conocer «cosas que nunca llegaron a la fábrica, diseños originales».

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