Loriga: «La literatura la dejaría en litera, ese lugar donde soñábamos de niños»

Iván de Santiago y Ray Loriga, ayer en el Campoamor. /  ALEX PIÑA
Iván de Santiago y Ray Loriga, ayer en el Campoamor. / ALEX PIÑA

El escritor defiende una creación sin etiquetas y «como el camino más corto para expresar sentimientos» en Las Tertulias del Campoamor

JUAN CARLOS ABAD OVIEDO.

«A la izquierda camaradas, a la izquierda, pero nunca demasiado a la izquierda». Así abrió ayer el escritor Ray Loriga Las Tertulias del Campoamor en la que no le hizo falta siquiera que Iván de Santiago, colaborador de EL COMERCIO y también escritor, le presentara. Tomó el salón de té del coliseo ovetense por asalto. Verborreico -hay en la madurez un desdén por la dicción que hace a la audiencia estar más atenta, si cabe- intentado escapar de esa etiqueta de 'enfant terrible' de la literatura que le persigue desde que inaugurara su bibliografía con 'Lo peor de todo', Loriga no da puntada sin hilo ni pierde la ocasión de epatar cuando sabe que puede abrir carne: «El bable está luchando por un diccionario. No sé quién, pero alguien».

Intentó el presentador armar una estructura de charla coherente. Imposible para Loriga que rompió hasta la compostura para arrodillarse cuando en el primer compás se mentó a Ángel González, del que se confesó amigo. «La poesía es esa diana en la que todo lo demás sobra y Ángel tenía la flecha», dijo del ovetense del que se confesó afortunado amigo con el que compartió noches y copas.

Entre la literatura y el pop; entre un madrileño de los que copan las playas en verano y alguien lúcido, Loriga se dijo incapaz de «definir la sociedad a la que pertenezco». «No creo en los colectivos, las ensoñaciones colectivas no traen nada bueno. Tengo poca fe en los rebaños. Creo en la posibilidad del individuo», afirmó de la actualidad política y social. Desdén también mostró acerca de sus etiquetas. Las que le pusieron, entonces a él, al erigirlo la crítica en apóstol de la 'Generación X', primero, y después de emparentarlo con el realismo sucio. «Yo pasaba por allí y cuando me giré había gente que me seguía. A veces confluyes», afirmó.

De la crítica literaria se remitió a la entrada 'orden' en el diccionario. «Orden significa colocar cosas en su sitio pero también significa mandar», afirmó, dejando caer la impresión de que a Loriga le impusieron un lugar en la literatura de finales de los ochenta y comienzos de los noventa que no ha sido capaz de sacudirse.

Defendió la creación de textos como «el camino más corto para expresar una idea, un sentimiento. Como una hipotenusa» en una conversación que transitó entre hilvanes de cultura popular. «De literatura quitaría 'tura' y la dejaría en 'litera' que es donde dormíamos de pequeños, era un lugar para soñar, como el Campoamor». También se dejó llevar y cantó a a Dylan y Cohen.

Renuente a repasar su carrera como una sucesión de textos estructurados abordó esa cuestión como un «fracaso». Le hubiera gustado. «No supe o quizás es producto del LSD, me saltan flashes y me aburro»·. Se rindió ante Samuel Beckett, quién no, porque «nos enseñó que no había nada que contar». Sin embargo, ayer Loriga, presentaba 'Rendición', su última novela, premio Alfaguara y con la que la crítica le ha emparentado -nueva etiqueta- con Kafka. Tuvo una frase de Woody Allen para reírse también de eso: «Mi ego es un poco menor que el de Kafka», dijo que dijo Allen.

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