Madera centenaria en Bueño

Uno de los 47 hórreos que desafían al tiempo en Bueño. / Alex Piña

«Hay que comenzar a mirar al hórreo como patrimonio cultural». En esta localidad de Ribera de Arriba se levantan cuarenta y siete cuidadas joyas dela arquitectura tradicional

JUAN CARLOS ABADOVIEDO

Adentrarse en la maraña de hórreos y paneras de Bueño es hacerlo en un pueblo que vive de manera especial su trato diario con la madera. Con su cultura, su cuidado y su conexión con otro época en el que eran un pilar básico en el que sujetar los tiempos que marcaban las estaciones.

«Ahora no se usan, ¿no ves que no se cosecha? Solo sirven para guardar trastos», afirma José ‘El Escultor’, que por azares de la vida nació en Madrid, emigró a Bélgica y acabó en Bueño. A sus 86 años y pese a no cosechar, José, como dice su apodo, esculpe tallas en madera, simpre la madera en Bueño, que guarda en su salón junto a la primera que le dedicó a su mujer, «una santina románica», explica antes de salir a la plaza a charlar.

Bueño es un pueblo ajetreado a media tarde. El concejal de Turismo de Ribera de Arriba, José Fernández Peñanes, despacha periodistas «porque hay que hacer de todo: un día industria, otro turismo», afirma. «No sabría decirte un hórreo o una panera especial. Destaco el conjunto, la fotografía que te puedes llevar», relataFernández. En 2012 fue galardonado como Pueblo Ejemplar y se presentó la ocasión para sacar a relucir la particularidad que hace de Bueño algo especial. En sus escuetas calles se levantan hórreos de los tres estilos que hay en Asturias. A saber, Carreño, Villaviciosa y Allande. Así, hasta 47 «muebles» de la casa, dedicados antaño a secar y guardar lo que se arañaba a la tierra. «El enclave es lo más bonito, pero hay que cuidarlo y el Ayuntamiento hace esfuerzos para mantener el patrimonio», comenta el concejal.

De patrimonio y relato habla Nicolás Alonso, el arqueólogo que atiende al visitante en el Centro de Interpretación del Hórreo, muy cerca de la plaza. «Las visitas al centro son complementarias a dar un paseo después», comenta. «Aquí se dan unas nociones de todo lo que significa el hórreo, de los estilos, se construye un relato cuidado», explica Alonso, que recuerda cómo a partir de los primeros estudios en los años 80 se pudo indentificar y distinguir el arte empleado en cada rincón de Asturias para levantar estos «muebles», resalta el guía, «sin entrar en polémicas». Pero «muebles, porque si les quitas los apoyos y la techumbre son cajas de madera».

Vuelta a la madera. A la cultura ancestral. «Tenemos que empezar a hablar del hórreo como patrimonio cultural, como algo que pervive en el territorio. Tenemos hórreos de hace 500 años con todo lo que eso implica. Parece algo muerto pero sin un clavo y sin un tornillo en su estructura es algo que está muy vivo», añade con pasión.

El centro vive en periodo escolar de las visitas de los guajes y, en verano, de turistas. «Algunos extranjeros que saben muy bien lo que vienen a ver. Por eso tenemos que cuidar muchos detalles», explica Alonso. Desde una reconstrucción del interior en la que se escucha el viento que seca las viandas, hasta piezas de madera para que los guajes aprendan a construir un hórreo. Siempre la madera.

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