Oviedo tiene «cerca de mil pintadas» de ochenta autores distintos catalogadas

Otero, uno de los barrios más castigados por las pintadas. / ÁLEX PIÑA
Otero, uno de los barrios más castigados por las pintadas. / ÁLEX PIÑA

Un estudio realiza un mapa de todos los grafitis de la ciudad y plantea un plan de acción de 60.000 euros contra ellos

DANIEL LUMBRERAS OVIEDO.

La ciudad está llena de pintadas. Firmas, denuncias, murales... ¿cuántas y cómo son? A estas y otras preguntas respondieron nueve alumnos de Geografía de la Universidad de Oviedo, capitaneados por el catedrático Fermín Rodríguez. En cinco meses, recorrieron de arriba a abajo Oviedo y sacaron 519 fotos de elementos grafiteados. Pero las pintadas son muchas más, porque en cada pared o poste puede haber «30 o 40 grafitis», apunta el docente. Calcula que han catalogado «cerca de mil pintadas». Tomaron 120 fotografías en el Casco Antiguo, 100 en Ciudad Naranco, 80 en Vallobín y otras tantas en el centro y el ensanche, 40 en el entorno del Calatrava, 35 en Ventanielles-La Tenderina, 22 en La Corredoria y las mismas en Pumarín y 20 en San Lázaro-Otero.

«Fue un proyecto de Desarrollo Local, un trabajo en equipo que represente una preocupación, con un aspecto totalmente profesional», abunda el catedrático. Tanto, que él hacía de Ayuntamiento y los alumnos le presentaban un pliego administrativo, una oferta como empresa ficticia y hasta facturas de las tareas. A lo largo de cinco meses, el equipo -Irene Mier, Gema Menéndez, Luis López, Rubén Gutiérrez, Cristina Hermida, Roberto Fernández, Carmen Solís, Alfonso Fernández y Héctor Palacios- se dividió la ciudad en nueve para abordarla.

Además de mapear el fenómeno, los estudiantes también clasificaron a quienes lo originan. Así, llegaron a hallar hasta 80 autores de grafitis; los que firman como Casur y CSO son los que aparecen en más zonas de la ciudad, cinco de nueve. También, entre los 28 más activos, establecieron jerarquías. Así, están dos cuyo nivel artístico es «muy elaborado (buenos acabados, profundidad, matices, policromía, técnicas mixtas)», 'Khenone' y 'Dosde'.

Hallaron también conexiones entre los seudónimos. «Al ponerlo en común en voz alta, tienen parecido», expresa Solís. Así, muchos tienen alias cortos con parentesco semántico, como 'Hedor' y 'Mugre'. Además, observan los universitarios «respeto entre los actores, no se sobrescriben».

Obervan que los soportes más usados para los grafitis son las medianeras de colores pálidos y los postes aunque nada se escapa: contadores, portales, garajes... También notaron una curiosa defensa contra ellos. «Me fijé en un portón de garaje de Pumarín, había una pintada que hizo el dueño para evitar que se pongan más», relata López.

La conclusión de los estudiantes es que se trata de un «fenómeno general con especialidad densidad en el caso histórico, Otero-San Lázaro, Ciudad Naranco y menor en La Florida, Uría y Ventanielles». También sacan lecciones por barrios. Así, en Ciudad Naranco, los bajos comerciales sin actividad atraen el vandalismo, mientras que en Cimadevilla, con más vida, apenas hay dibujos. Y en Ventanielles, las paredes con vistas a las autopistas son las preferidas, mientras que los cuarteles del Rubín forman un «perímetro de seguridad» contra los grafitis.

Y es que las pintadas originan un círculo vicioso de degradación: a más abandono, más pintadas, y a más 'decoración', más dejadez. «Hay cierta correlación entre más presencia de grafitis y poca economía diurna», comenta Gutiérrez. El profesor completa que, además de degradar el espacio público y las propiedades particulares, las pintadas «pueden generar agujeros negros que van expandiéndose. No es un fenómeno baladí».

Algunas soluciones

El estudio no se queda solo en identificar el problema. También ofrece una solución para toda la ciudad, y casi por la misma cantidad que se va a gastar solo en quitar pintadas en el antiguo, 60.050 euros.

Los estudiantes delimitan en su plan de acción tres áreas. La primera es la participación: crear una página web para observar y conocer mejor el fenómeno del arte callejero, así como que los grafiteros conocidos den charlas y clases para aprender la disciplina.

La segunda pata es la eliminación: recuperar las fachadas, catalogando cada edificio y estudiando las zonas que se podrían salvar, además de eliminar rápidamente «pintadas que inciten al odio». Gutiérrez insiste en que «limpiar es un paliativo, hay que actuar en la parte educativa y que el Ayuntamiento deje espacios». También, sugiere López, que se obligue a los grafiteros a pintar lo que ensucian, como sucedió en Torrelodones (Madrid).

Y es que la prevención es la tercera línea de actuación en su plan y en la que más insisten los universitarios. Sugieren una campaña pública de información, con mupis y espacios en los medios, buscar voluntarios para quitar estos elementos, identificar artistas y potenciar la creatividad con concursos. En este sentido, el primer festival de arte muralista, Parees, les parece «una buena iniciativa» a seguir. Proponen que Oviedo sea «un punto de referencia de arte urbano de la mano de profesionales», de forma que «se aporte color y calidad al paisaje».

Advierten, no obstante, de que la problemática es compleja. «Los grafitis van a estar siempre ahí, es algo que viene de muy lejos», afirma Hermida. Gutiérrez se muestra más pesimista: «Si no se actúa a corto o medio plazo, la solución más efectiva será poner cámaras, aunque no la más positiva. En la Catedral pone 'zona videovigilada' y no vas a ver ni una pintada».

Profesor y alumnos tuvieron una primera audiencia con el Ayuntamiento, a medio terminar el proyecto, en la que «gustó mucho». Ahora lo han remitido ya finalizado y vuelto a pedir cita. Por supuesto, todos aprobaron el trabajo.

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