«Me quedé con un bocadillo y sin los 10.000 euros; se fueron en el coche»

«Me quedé con un bocadillo y sin los 10.000 euros; se fueron en el coche»

El acusado por timar a un anciano en La Corredoria mediante el 'tocomocho', que niega los hechos, tiene antecedentes por tres casos «idénticos»

J. C. A. OVIEDO.

Todos los ingredientes del timo del 'tocomocho' se mezclaron ayer en el Juzgado de lo Penal número 2 de Oviedo: un anciano septuagenario con sordera, un acusado con otras tres sentencias por el mismo proceder delictivo y la vergüenza del estafado al perder 10.000 euros cuando creía que iba a ganarlos con un cupón premiado.

El 'tocomocho' funciona. En 2016, la Policía Nacional buscaba en el Principado la colaboración de las entidades bancarias para que no permitieran a los ancianos sacar abultadas cantidades de dinero bajo extraños pretextos. El negocio va bien. En España se registran al año más de 250 casos de este timo, la mayoría a cargo de clanes familiares itinerantes que ponen en juego la labia del 'listo' y, de cebo, el contrapunto de un segundo intérprete que hace las veces de 'tontito' que da pie al juego del estafador estafado.

En favor del acusado de ayer, Antonio C. L., juega la vergüenza que pasó el anciano timado y que «para no armar ruido en casa» se inventó su primera denuncia ante la Policía. En su primera declaración ante los agentes, dos días después de que supuestamente le timaran, el anciano indicó que «le habían atracado a punta de pistola». A la Guardia Civil no le cuadró el relato y otros dos días más tarde le volvió a requerir para que aclarara los hechos. La primera denuncia fue archivada en la fase de instrucción porque los agentes tuvieron clara la línea de investigación.

Entonces, cuatro días después del quebranto patrimonial, la víctima, «con delicado estado de salud», contó a la Benemérita que el 21 de junio de 2015 se encontraba en la calle Molín de la Casuca de La Corredoria. Serían las diez de la mañana cuando se le aproximó un chaval que le preguntó, según su relato, «oye, ¿la calle esta?». Entonces cruzó otro chico del otro lado del parque que hablaba en gallego y sacó un fajo de cupones, continuó. «No sé si está premiado o no está premiado...», hablaron entre ellos según el relato del anciano. «Espera que voy a buscar el periódico; que sí está premiado», añadió.

A partir de ahí la historia que sostuvo la Fiscalía y la acusación particular es como sigue. Subieron a la víctima al coche del acusado y lo llevaron al banco. Sacó dinero y les entregó 10.000 euros a cambio de un cupón. Otra vez de vuelta en el coche, el que hacía el papel de menos espabilado le pidió que le comprara un bocadillo «que tenía hambre». Cuando el hombre entró en el bar en el que pararon, el coche con los dos timadores y el dinero partió. «Así quedó la cosa, sin los 10.000 euros y con el bocadillo», afirmó el anciano ante la jueza.

«Se parece»

En la rueda de reconocimiento en comisaría reconoció al acusado. Ayer dijo del que ocupaba el banquillo que «se parece». La defensa esgrimió que una rueda de reconocimiento en comisaría sirve para iniciar diligencias pero no como prueba en un juicio. Ocho meses después de la denuncia hubo otra rueda en la que el anciano no fue tan preciso.

El procesado, por su parte, se declaró inocente con su primera y última palabra de la mañana. Afirmó que él «nunca había estado en Oviedo». Aquella mañana de junio de 2015, dijo, se encontraba Santa Olalla, Toledo. Precisamente la ciudad donde tiene el domicilio una de las familias de estafadores más famosas de España. Cuatro generaciones dedicadas al negocio de los papelitos, boletos, bocadillos y ancianos.

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