Un reencuentro 43 años después

Veinte exalumnos de la Escuela de Especialistas Trubia en la plaza del Fontán, donde quedaron ayer para comer. / MARIO ROJAS

Mecánicos de la Escuela de Trubia de la promoción 1971-1974 visitan la fábrica de armas y se reúnen para almorzar

D. LUMBRERAS OVIEDO.

«Es muy emotivo». A Francisco Florit, menorquín, se le escapaba una lágrima al describir cómo se sentía tras volver a ver en Oviedo, después de más de cuatro décadas, a sus compañeros mecánicos ajustadores de armas de la cuarta promoción (1971-1974) de la Escuela de Especialistas de Trubia.

Entonces eran 37, y ayer lograron reunirse veinte, muchos venidos desde fuera de Asturias. Fue una jornada especial en la que, tras una misa, las puertas de la fábrica de armas de Trubia volvieron a abrirse para ellos.

Dedicaron su vida profesional al mantenimiento y la reparación del armamento de los cuarteles, «desde la pistola más pequeña hasta los carros de combate», como explicó el trubieco José Ángel Alonso. Así que su visita a la factoría significó una vuelta a casa, aunque hay cosas que han cambiado irremediablemente: «La tecnología ha cambiado muchísimo. Ahora casi no hay ninguna fuerza física, todo son grúas automáticas», resumió Francisco Florit.

Después de ver un proceso de fabricación de vehículos blindados, el grupo disfrutó de una comida en la plaza de El Fontán. Había muchas cosas que contar tras 43 años.

Una formación «dura»

Todos entraron a la escuela de aprendices, a los dieciocho años, procedentes de diversas comunidades. Por oposición. Alonso explicó que tenían cuatro años de formación, primero en lo que hoy es el Instituto de Trubia, y luego en el Regimento de Infantería número tres de El Milán, actual Facultad de Humanidades. Después tenían diferentes destinos por toda España, ocupándose del mantenimiento y la reparación del armamento.

Su formación era dura, estaban sometidos a la disciplina castrense (algo que, por otro lado, les libraba de la mili) e internos en El Milán. Aunque eso no les impedía divertirse de vez en cuando. Javier Vives, cántabro, recordó que «escanciábamos en las romerías. Con 22 años que teníamos, hacíamos de todo, hasta saltar la tapia».

Con la distancia de los años y al calor de una sidra en la plaza del Fontán, revivieron entre risas la multitud de veces que se quedaron castigados por detalles, como llevar las botas sucias. «Me arrestaban por la cara», bromeó el jiennense Bartolomé Ruiz, el amonestado más pertinaz. Pero la camaradería nunca faltó, y los de fuera cubrían a los locales para que estos fueran a ver a sus familias y a sus novias. El jienense Bartolomé Ruiz alternó con una ovetense «y cuarenta años después, es mi mujer». Eso sí, salir adelante todo el mes era duro con un sueldo de solo 150 pesetas, porque «no había costumbre de pedir a los padres».

La iniciativa de reencontrarse surgió de Alonso. «Es tradición que lo organice el número uno, que fui yo», detalló, sin darse importancia.

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