La segunda vida de la Centralilla

Parte de la comunidad de Lorenzo Abruñedo, 24, que luce un mural en recuerdo de la centralilla que se alzaba enfrente. /Pablo Lorenzana
Parte de la comunidad de Lorenzo Abruñedo, 24, que luce un mural en recuerdo de la centralilla que se alzaba enfrente. / Pablo Lorenzana

El derruido edificio de Ciudad Naranco revive a través de un mural y de una exposición fotográfica

DANIEL LUMBRERAS

Hace cien años, cuando la recién visitada por el rey central de La Malva empezaba a distribuir electricidad desde los saltos de Somiedo, en la falda del Naranco se alzaba una subcentral que se ocupaba de Lugones y Gijón. Entonces, lo que luego sería Ciudad Naranco era solo Ferreros, con el camino de la Centralilla y el de la Cárcel como únicas calles, antes de que en la posguerra Julián Rodríguez comenzase a edificar y después llegase el asfaltado a la zona en los setenta. La excavadora la derribó en 2001, pero ahora una exposición de fotos y un mural frente a donde estaba le han dado una segunda vida.

El diseño del edificio, pintado en vivos colores amarillo y blanco, está «copiado de los pueblos del Pirineo», afirma Gonzalo Díaz, miembro de la asociación de vecinos llamada precisamente La Centralilla. Ruidosa al principio, silenciosa después, hacía las veces de pararrayos de las tormentas, para susto de los residentes. «Era un edificio emblemático para el barrio, un punto neurálgico. Quedábamos allí. Al lado todo eran prados», recuerda Díaz.

En realidad, según el expediente administrativo del derribo, instado por Principado de Inversiones, S. A., eran tres edificios: el más antiguo, de dos plantas y en un estado «deficiente» de conservación; otro de 1925, en estado «bueno» (de servicio eléctrico) y un tercero de 1970, en estado «normal», que los vecinos recuerdan como la vivienda del guardés de la propiedad.

Los de Ciudad Naranco querían la construcción, y para defenderla organizaron protestas a las que iban desde abuelas hasta nietos. «Fueron unos días tremendos. El Principado fue cómplice del Ayuntamiento, mandó una carta para que no fuese derribada, pero tardó tres días», relata Pilar Alonso, secretaria de la asociación y manifestante.

En efecto, la entonces directora general de Patrimonio del Principado, Ana Rodríguez Navarro, recuerda al concejal de Urbanismo, José Agustín Cuervas-Mons, que la centralilla es «uno de los escasos testimonios de la llegada de la electricidad a Oviedo». Además, está en el Inventario del Patrimonio Histórico, con lo que tiene «interés cultural suficiente para su conservación». Pero el edil se escudó en que el inmueble «no está protegido por el vigente plan general» y que ya estaba informada favorablemente la licencia de derribo. La demolición tuvo un presupuesto de tres millones de pesetas.

«Recogimos 1.400 firmas. Hubo un acto en el centro social multitudinario. Pero no sirvió para nada», lamenta Alonso. En plena Semana Santa, «vino una grúa y dio un zambombazo a la cúpula. Tardó en derribarse, pero ya estaba estropeada». En efecto, el expediente recoge que, en una inspección de junio, «se ha iniciado el derribo» pero «no se encuentra a nadie trabajando»; en la anterior, en mayo, «no se ha iniciado». El ataque a la estructura, en plenas vacaciones, impidió que la plataforma antidemolición a la que pertenecía Alonso fuera a ponerse delante y formar una cadena humana que protegiese el señero edificio.

Para rememorar otros tiempos del barrio, la asociación La Centralilla ha organizado la exposición ‘En la falda del Naranco’, en la que la vieja subestación eléctrica tiene un lugar destacado. Las fotos aportadas por los vecinos permiten reconstruir la historia del edificio desde los viejos inviernos en que se alzaba solitaria en su promontorio entre las actuales calles de Lorenzo Abruñedo, Fernández de Oviedo y Teodoro Cuesta, en blanco y negro, hasta los colores modernos y el daño del primer golpe de excavadora antes referido.

La muestra, que permanece en el centro social de Ciudad Naranco ‘Javier Blanco’ hasta el próximo 23 de noviembre, con cartel del dibujante de EL COMERCIO Neto, permite ver cómo se integraba la Centralilla en las calles, las gentes y las vidas del barrio.

Nuevos recuerdos

Del derribo alertó a Alonso y los demás miembros de la asociación un vecino de Lorenzo Abruñedo, 24, José Ángel Botello, cuando salía por la mañana a trabajar. «El 16 de abril de 2001, Lunes de Pascua», asegura. Apunta que había un expediente para su catalogación como BIC (Bien de Interés Cultural) que no cuajó y que la demolición se produjo, muy convenientemente, días antes de que se aprobase la Ley de Patrimonio Cultural de Asturias.

Es capaz de remontarse a cuando funcionaba el equipamiento de Hidroeléctrica del Cantábrico, cuando cantaban los pájaros en la parte ajardinada y «se fundían en casa bombillas por los picos de tensión, lo atribuíamos a la cercanía con la Centralilla. Lamentamos la pérdida del edificio»; él se implicó mucho en su salvamento, incluso escribiendo una carta al cardenal primado de España, el llanerense Francisco Álvarez Martínez.

Precisamente la casa en la que vive Botello, que ahora cumple medio siglo, la construyeron cooperativistas de la empresa de luz, algunos de los cuales trabajaron en la Centralilla. Y para recordarla, la comunidad decidió apuntarse al festival Parees. Así, el mes pasado y durante seis días, la artista catalana Anna Taratiel convirtió la fachada en un mural a todo color sobre el viejo edificio. Lo propiciaron el propio Botello y el presidente, Tino Rubio: «Nos reunimos con la artista vía Skype, le mandamos la documentación y ella nos envió dos bocetos a la comunidad. Hubo una reunión extraordinaria y lo votamos. Está todo el mundo contento».

La memoria de la vivienda es Isolina Martínez, la vecina más veterana: «Mi marido trabajó en Hidroeléctrica, llevo 50 años aquí. Ocho empleados compraron la finca, dos no podían pagar y vendieron. La Centralilla estaba delante y era un edificio precioso». «El barrio eran casas de planta baja y donde el colegio Loyola, todo prados», añade.

Para algún caminante, los diseños de colores de la fachada de Lorenzo Abruñedo, con sus distintas líneas que evocan las direcciones hacia las que se distribuía la electricidad, pueden resultarle de difícil interpretación. Por eso, la comunidad quiere poner una placa que explique toda la historia. Un recuerdo perenne de la Centralilla.

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