Tesoros en los estantes de la Universidad de Oviedo

Ejemplar sobre caballerías del siglo XV, un ejemplar único en el mundo./Pablo Lorenzana
Ejemplar sobre caballerías del siglo XV, un ejemplar único en el mundo. / Pablo Lorenzana

La Biblioteca Central de la institución académica asturiana custodia ejemplares únicos de libros antiguos

DANIEL LUMBRERASOviedo

Durante la Revolución de octubre de 1934 la biblioteca del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo resultó destruida por completo. «Se perdió una colección muy importante de casi cien incunables (libros impresos antes de 1501)», precisa el actual director del servicio, Ramón Rodríguez. «Tuvo un gran eco internacional», que él compara con el incendio de la biblioteca de Sarajevo en 1992.

Tras la tragedia, relata Rodríguez, la asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la Universidad de Oviedo realizó una labor ingente para intentar que la Biblioteca recuperara parte de su esplendor. La acción más importante fue comprarle una colección al bibliófilo Roque Pidal y Bernaldo de Quirós (1885-1960), nieto del marqués de Pidal. «Fue por 500.000 pesetas, que en 1935 era una cantidad respetable. Aun así, valía más dinero, asegura Rodríguez.

Del legado de Pidal provienen las mayores joyas de la Biblioteca de hoy en día. Su director señala que «la más valiosa, único conocido» es ‘El baladro del sabio Merlín con sus profecías’, un libro de caballerías impreso por Juan de Burgos en 1498. Basado en un texto francés medieval y de autor desconocido, cuenta una historia del rey Arturo en letra gótica y con vistosas ilustraciones.

Otro ejemplar extremadamente raro, que «no es el original pero es la copia más antigua conocida», dice el bibliotecario, es el ‘Libro de los Doce Sabios’. Se trata de un ‘espejo de príncipes’, un libro encargado por el rey Fernando III ‘el Santo’ para su hijo, el futuro Alfonso X ‘el Sabio’. También tiene propósito didáctico el ‘Salustio del infante’, una edición bilingüe de ‘La guerra de Jugurta’ y ‘La conjuración de Catilina’ elaborada en el siglo XVIII para Gabriel de Borbón, hijo de Carlos III.

En la estantería de los tesoros también tiene su lugar una segunda edición del ‘Quijote’, de marzo o abril de 1605, en papel no muy bueno. A juicio de Rodríguez, su interés reside en las correcciones, detrás de las cuales «parece que hay mano del propioCervantes».

De singular belleza es la crónica de Indias que escribió el fraile jerónimo de Guadalupe Diego de Ocaña también en 1605. El monje viajó por todo el continente, de México a Tierra de Fuego, y anotó todas sus experiencias. También realizó dibujos, coloreados a mano, de los paisajes y las gentes que encontró.

No falta una Biblia francesa del siglo XIV, escrita por monjes jóvenes y caligrafía diminuta sobre vitela (piel de animales jóvenes). En algunas iniciales de capítulo, muy decoradas, hay pan de oro.

Después, la Universidad ha seguido recibiendo legados, como el de los condes de Toreno, Pérez de Ayala o la viuda de Palacio Valdés, pero es difícil igualar la colección pidalina.

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