Vivir tras la pérdida de un bebé

Verónica Rey, María Álvarez, Begoña Carro, Sergio Prida, Yolanda Marcos, Roberto Díaz, Vanesa Fonseca, Juan Carlos González, Lorena Abad, Óliver García, Fernando García, Ksenia Rastaturova y Aurora Prida. /ÁLEX PIÑA
Verónica Rey, María Álvarez, Begoña Carro, Sergio Prida, Yolanda Marcos, Roberto Díaz, Vanesa Fonseca, Juan Carlos González, Lorena Abad, Óliver García, Fernando García, Ksenia Rastaturova y Aurora Prida. / ÁLEX PIÑA

La asociación Brazos Vacíos reúne a una veintena de familias que han perdido a sus hijos durante el embarazo oal poco de nacer

ROSALÍA AGUDÍNOVIEDO.

Han vivido una de las experiencias más duras: perder a su hijo días antes de dar a luz, durante el parto o al poco tiempo de nacer. Sin embargo cuentan sus historias con emoción y una sonrisa. La asociación Brazos Vacíos tiene su sede en el Hotel de Asociaciones de Santullano y aglutina desde hace cinco años a una veintena de familias que han pasado por una situación traumática: ver morir a su bebé.

Señalan que esta fase es «traumática» y muy poco comprendida por la sociedad. Y es que algunos de estos progenitores han tenido que escuchar frases como «mejor que se haya muerto ahora que cuando sea mayor» o «ya tendrás otro niño». Pero ellos no quieren olvidarlos. Argumentan que cuando fallece un familiar como un padre o un abuelo, no se deja de hablar de él «al mes» y añaden que el luto por el fallecimiento de su hijo no se puede medir en el tiempo.

Entre los casos que aglutina esta asociación, está el de Verónica Rey. Su hijo Raúl nació con crisis compulsivas, pero 21 días después, la familia se fue feliz a casa feliz. Sin embargo, al poco tiempo el pequeño falleció. Sufrió un derrame cerebral y su corazón se apagó. Esta situación es para los miembros de este colectivo antinatural, porque «los padres no estamos preparados para ver morir a nuestros bebés», afirma María Álvarez.

Ella perdió primero a su bebé Nicolás en medio de la gestación y después volvió a quedarse embarazada, de mellizos: un niño llamado Mateo y Telma, la niña. La alegría de su nacimiento se vio truncada pronto. El varón tenía una cardiopatía que no fue diagnosticada durante el embarazo y tras once meses de lucha en el hospital falleció.

Durante este proceso, Álvarez se encontró con la «mejor y la peor cara del ser humano», ya que en el área de Pediatría vio críos que «habían sido abandonados por sus padres» y cómo los médicos y los voluntarios del centro sanitario se volcaban con cada bebé. «Había noches que yo no podía más y me iba a dormir a casa. Cuando llegaba al día siguiente veía una bata colgada en la habitación y sabía que alguien había pasado la noche con él», relata. Tras once meses de lucha, tanto la familia como los médicos le desconectaron de la máquina que le mantenía con vida y ahora se pregunta cada día si esa fue la decisión correcta o si «podríamos haber seguido luchando».

Una situación parecida vivieron Vanesa Fonseca y su marido Juan Carlos González cuando nació su hija Carolina. Relatan que uno de los momentos más felices de su vida se truncó con la enfermedad de su pequeña: «Nos dijeron que a partir de ese momento teníamos que aprender a vivir el día a día» y así lo hicieron hasta que el corazón de la pequeña dejó de latir.

Protocolos

Los miembros de la asociación Brazos Vacíos piden que en los hospitales no se aplican los protocolos que hay cuando un bebé muere. Sin ir más lejos, Ksenia Rastaturova señala que a ella le tuvieron que provocar el parto en el tercer trimestre de gestación porque su niña Tania había fallecido. Sin embargo los especialistas por los que pasó después de este suceso no tuvieron el tacto que se necesita en una situación así.

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