Guía de los primeros días

Varios niños el primer día de clase.
Varios niños el primer día de clase. / Javier Goicoechea

Guardería, colegio, instituto, estudios superiores... Desde pequeños caminamos por una senda llena de cambios que nos hacen crecer; el problema es que las primeras veces a menudo se presentan cuesta arriba, tanto para quienes las experimentan como para quienes se preocupan por ellos

PILAR MANZANARESMadrid

Dejar a los niños por primera vez en la escuela infantil supone un acontecimiento estresante para las familias, especialmente cuando se trata de los primogénitos. Preguntas como: «¿Es demasiado pequeño?», «¿se adaptará a los compañeros?» o «¿qué hará sin mí tantas horas?» suelen estar presentes en la cabeza de los padres desde que se inicia el proceso de matriculación.

«Hay que tener en cuenta que la familia constituye el primer núcleo de socialización y que los padres son la principal figura de referencia durante los primeros años de vida», explica Mar Muñoz Alegre, doctora en Psicología y especialista en Terapia Familiar, profesora y Directora Adjunta del Grado en Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria.

«Además, los sentimientos de culpa que se suscitan en los padres ante la reincorporación al trabajo y/o el inicio de la etapa escolar son frecuentes, especialmente en las madres, que tradicionalmente han sido las encargadas de asumir casi al 100% la crianza de los hijos y para quienes la conciliación de la vida laboral y familiar es especialmente difícil», señala la profesora de la misma Universidad Mónica Jiménez, licenciada en Pedagogía y especialista en Educación Especial y Atención Temprana.

Una de las cuestiones que más preocupan a los padres es la edad a la que un bebé debe de empezar a ir a la guardería. Aquí los expertos señalan que como muy pronto debe ser a partir de los 4 meses. Si hay algún familiar que se encargue del bebé adecuadamente, es preferible que se incorpore un poco más adelante, para no cambiar al pequeño de su hábitat, ya que esto le ayuda a estar más tranquilo.

«Idóneamente una buena edad puede ser a partir del año; la mejor edad, los 18 meses, por motivos de maduración, pero hay que ser conscientes de que en muchas familias esto no es viable», afirma María Pilar Berzosa Grande, psicóloga clínica y terapeuta familiar, y profesora de Psicología en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

Después, hay que elegir la guardería adecuada. Como señala el profesor Amable Cima, profesor de Psicología de Universidad CEU San Pablo, es recomendable elegir una guardería de confianza, en la que no haya una rotación intensa del personal, en la que se pueda hablar con los profesionales para conocerles mínimamente y poder confiar en ellos, a la que se pueda acceder sin problemas a cualquier hora del día, y que tenga un proyecto educativo consolidado.

Padres preparados

Y, ¿cómo nos preparamos para dejar al bebé en la guardería por vez primera? Porque es indiscutible que no solo a los más pequeños les cuesta, también los padres necesitan un periodo de adaptación. «Dejar a un bebé en la guardería la primera vez es un todo un reto para el apego; en especial para la relación materno-filial. Aquí es muy importante saber las posibilidades que tiene la familia en cuanto al tiempo y a las condiciones laborales. En la medida de lo posible, si se puede hacer de forma progresiva, es una ayuda.

Si el niño no está destetado aún, lo aconsejable es que tome su leche materna. Ya saben las mamás que pueden congelarla y si aún tienen las horas de lactancia, intentar aprovecharlas. Esto también dependerá mucho de la realidad laboral y localidad donde viva la familia. El que el bebé tome su leche materna ayuda mucho no sólo física sino también psicológicamente», asegura Berzosa.

La ansiedad por la separación con el bebé es algo que «sobre todo la madre» tiene que controlar para que cuando esté con él, éste no perciba un estado anímico negativo. Si el padre y la madre están coordinados en esta etapa tan importante y sensible, harán “equipo”. «Cuando recojan al bebé tiene que haber tranquilidad y alegría y no sentimiento de culpa, que hace mucho daño a los progenitores», señala la experta de la UNIR.

Ese primer día de guardería afecta a los más pequeños de diferente manera y dependerá de la personalidad de cada niño, la edad que tenga al iniciarla, el estilo familiar... Mientras que hay niños que muestran seguridad y comienzan a aceptar a los otros muy bien, otros son más tímidos, más inseguros y tienen un apego más alto, por lo que habrá que estar más pendiente de ellos. Aquí es fundamental el reporte que hagan desde la Escuela Infantil a los padres. La observación es importante. «Puede que haya conducta de llanto excesivo, morder a los demás niños o un cambio en los esfínteres, que pueden estar alertando de que algo no va bien, pero el personal de la escuela infantil al observarlo pronto puede facilitar poner las medidas adecuadas para ayudar al niño que lo necesite», matiza Berzosa.

Cuando no se lo toman bien y lloran en exceso al separarse de los padres, conviene que sea el progenitor que pueda manejar con un poco más de neutralidad esta situación el que le deje en la guardería, de este modo, el niño no percibirá una excesiva preocupación, lo que podría aumentar su conducta de desesperación. No hay que olvidar que los niños están muy pendientes de las reacciones gestuales y absorben con gran facilidad lo que sucede en el ambiente.

Si el niño quiere llevar un peluche, por ejemplo, hay que dejarle que lo lleve para que se sienta seguro. «También hay que tratar de que las despedidas sean breves, sonriendo y transmitiendo la seguridad que los niños precisan en ese momento. Si el niño nota al adulto confiado, es más probable que se quede tranquilo», indica Muñoz Alegre, quien aconseja a los padres que se relacionen con otros padres, en parques u otros emplazamientos, que se encuentren en situaciones similares. «Con ellos, se resuelven dudas y se crea un ambiente de confort donde los progenitores pueden encontrarse más predispuestos a enfrentar esta etapa».

Estrategias de ayuda

Los expertos previenen de que hay cosas que a lo mejor no deben coincidir. Por ejemplo, si el niño tiene todavía chupete, no debe quitársele en el momento de entrar porque eso le calma. O se ha hecho antes o se hará meses después. Si la mamá está embarazada de nuevo, debe entrar en la guardería unos meses antes de que nazca el bebé para ir acostumbrando al hijo mayor y que no interprete que viene otra persona y a él 'se le abandona'.

Es decir, los acontecimientos vitales deben de prevenirse e intentar pensar en lo que le pueden afectar al niño y así ayudarle. En general, los niños, tienen una semana de adaptación que, si se hace de modo gradual, es mucho más fácil para ellos. Y eso sí, nunca debe sobreprotegerse al niño.

«La primera semana, incluido el primer fin de semana, es el periodo de tiempo habitual para observar en el niño el proceso de adaptación a la nueva rutina. El lunes de la segunda semana es la piedra de toque para valorar si el niño se ha adaptado a esas nuevas personas, actividades y rutinas, pues, tras ese primer fin de semana de descanso y desconexión, si hay una buena adaptación el niño acudirá animado y alegre a la guardería, o, en caso contrario, responderá como si fuera el primer día. Si se da esta segunda situación, es importante revisar con los profesionales cómo está siendo el comportamiento del niño en la guardería, con sus iguales y con los profesores o auxiliares, con sus debilidades y fortalezas», matiza Cima.

Los beneficios de la guardería en el niño son claros: «La socialización complementa el crecimiento, es algo necesario para su desarrollo personal. El ambiente familiar es esencial y por eso es tan fundamental que el niño sienta el apoyo de los progenitores desde la emoción positiva. Escuchar a otros adultos, hacerles caso y sentir el aprecio de ellos, ayuda al niño a ubicarse en figuras de referencia. El estar con otros niños es comenzar a vincularse también desde este plano y a ir adaptándose a sus iguales. Aquí como hemos dicho, va a depender de las circunstancias personales que rodeen a la familia y que la escuela infantil sea empática con los niños», concluye Berzosa.

Al cole por vez primera

Pero no solo el primer día de guardería preocupa a padres e hijos. Toda vez que hay un cambio notamos en el estómago ciertas mariposas que a veces nos inquietan demasiado. Por eso, nos ocupamos ahora de otros cambios, empezando por el primer día de colegio. Pasar al colegio implica para el niño dejar a un lado un contexto más familiar y cercano para pasar a uno más formal, con un espacio más amplio y con un mayor número de personas desconocidas. Todo ello puede generar en los más pequeños ciertos niveles de ansiedad y angustia al no saber cómo gestionar los cambios.

También puede afectarles con llantos, pesadillas o terrores nocturnos, enuresis u otras conductas regresivas, falta de apetito, cambios comportamentales, etc. Además, todas estas conductas pueden verse favorecidas en el caso de tener más de un hijo. Y es que estos sentimientos suelen verse agravados si un hermano permanece en casa, cuando el mayor inicia la escolaridad obligatoria. Por ello, las expertas de la Francisco de Vitoria aconsejan:

  • 1

Previamente a la escolarización, deben conocer las instalaciones. El patio y otras zonas comunes les harán conocer algunas variables que conformen esta nueva etapa de su vida.

  • 2

Es bueno ir adelantándoles la importancia de 'ir al cole de los mayores', alabarle su capacidad de hacerse mayor, de no usar pañal, chupete, de trabajar más horas, de aprender a leer y escribir, etc.

  • 3

Hay que explicarles por qué se cambia de centro y generar contextos óptimos para que el niño resuelva sus dudas e inquietudes.

  • 4

Se deben favorecer las relaciones sociales con niños que vayan a ir a ese colegio, en la medida de lo posible. O en el caso de saber si un compañero anterior irá al mismo colegio, intentar establecer lazos de amistad con un agente conocido ante el nuevo panorama.

  • 5

Generar expectativas crecientes sobre lo que va a pasar en el colegio nuevo.

  • 6

Hacerles partícipes de la compra del material escolar, para que se vean involucrados en el proceso, como una persona más autónoma e independiente de lo que era al iniciar la guardería.

  • 7

Fomentar las actividades extraescolares que le resulten atractivas como medio de socialización.

Con todo, hay niños que lloran, cogen rabietas y se agarran a sus padres para no entrar al colegio. Ante esto, el profesor Amable Cima explica que si observamos una reacción de llanto y de tristeza nunca debemos reñirles o avergonzarles en público por ello. «Ese primer día deberán entrar en el aula sí o sí, aunque estén llorando, pero al llegar a casa se deberá hablar con ellos para ayudarles a gestionar su miedo o preocupación, muy relacionado con la ansiedad por separación.

Si el niño no ha ido a guardería y siempre ha estado con un familiar concreto, es más probable que aparezca esa reacción de miedo a la separación, y en algunas ocasiones exigirá una visita al psicólogo clínico para ayudar a los padres y al niño a rebajar y hacer desaparecer ese tipo de reacciones. Si el niño sí ha ido a la guardería puede que el miedo esté relacionado con la novedad del entorno y de los profesores, con un mayor número de niños en el aula que generan revuelo o, incluso, con la respuesta emocional de los propios padres. En estos casos, los niños necesitan para tranquilizarse y ganar seguridad conocer las rutinas del nuevo colegio, lo que se espera de ellos y cómo serán los hábitos de entrega y recogida del colegio. Y esto se consigue en unos pocos días».

Llegamos al instituto

Superados los primeros escollos llega la hora del instituto o la educación secundaria, donde además de crecer deberán aprender a tomar decisiones tan importantes como las relativas a su futuro profesional, vivirán la presión de la selectividad... En este punto, hoy en día tenemos un problema social «muy grave», como señala Berzosa, el bullying, «que por desgracia aparece en edades cada vez más tempranas. Esto tiene mucha repercusión en el cambio de 6º de primaria a 1º de la ESO».

Los niños que hayan sufrido acoso durante primaria y no se haya resuelto satisfactoriamente o aquellos que tengan más probabilidad de sufrirlo y vayan a cambiar a secundaria pueden tener más miedo y estar desprotegidos al cambio. «Esto es lo que ahora mismo más nos preocupa a los expertos que trabajamos en el área de infancia y familia. Niños con altas capacidades, por ejemplo, están teniendo muchos problemas de adaptación. En la medida de lo posible, hay que prevenir con el profesorado. Y si el niño tiene actitudes que indiquen que tiene dificultad de adaptación, hay que dirigirles a actividades que le ayuden, acudir todos al psicólogo y darle estrategias para aumentar sus posibilidades», explica la experta de la UNIR.

Si todo ha ido bien, y no se tiene ningún problema de base, el cambio no suele afectar demasiado, salvo que en esa etapa haya acontecimientos vitales alrededor de él (una separación de los padres, un cambio de domicilio y por tanto de entorno social, un fallecimiento de algún familiar, etc.). Eso sí, en los últimos años de bachiller, afecta mucho la presión de la selectividad. Ese curso suele ser muy ansioso para el alumnado responsable.

Para el profesor Cima, «el primer día de Instituto se convierte en una suerte de novatada para los chicos y chicas. El salto que se les pide con 12 años puede ser, en muchas ocasiones, excesivo para ellos, pues el nivel de exigencia aumenta considerablemente y ellos no han tenido oportunidad de desarrollar las habilidades necesarias, intelectuales y sociales, para asumir esas nuevas exigencias. No obstante, este primer contacto suele resolverse positivamente, sobre todo cuando el adolescente percibe que hay un ambiente familiar en casa que le ayuda a enfrentarse a las dificultades. No que se las quite de delante, sino que le ayude a enfrentarse a ellas. Y aquí toma un papel muy importante la expectativa de la familia respecto del rendimiento del hijo. Expectativas fuera de la realidad del joven para cumplirlas suelen traer consigo frustración para todos, especialmente para él que es quien debe satisfacer esas expectativas, ante él mismo y ante su familia (o profesores). Es fundamental que la familia tenga claro hasta dónde puede llegar para echarle una mano y alcanzar a llegar, finalmente, más allá de ese límite».

Decidir el futuro

Hemos hablado de la presión añadida en esta etapa de elegir hacia qué profesión se va a dirigir el futuro: ¿FP, Universidad, Escuelas de Cine...?, ¿titulaciones regladas, oficios...?, ¿ciencias, letras...? «Tener que elegir siempre es un problema: bien porque no se sabe qué elegir, porque no hay nada que elegir (nada me gusta…), o bien porque se duda entre varias opciones. Es aquí donde el papel de los padres debe adquirir la forma de asesor sin presión añadida, es decir, deben ofrecer al joven toda la información posible para aumentar su conocimiento de las diferentes alternativas, pues el saber es poder», afirma el profesor de la CEU San Pablo.

«Es muy común que padres universitarios y, después, buenos profesionales, tiendan a insistir a sus hijos en que estudien sus mismas carreras. Esta no es una mala opción, siempre y cuando se ofrezca al joven la oportunidad de negarse, de tomar otro camino, de elegir otra carrera, otra profesión. El estrés surgirá cuando hay una divergencia entre la expectativa del joven y su capacidad para satisfacerla. En estos casos, una buena orientación académica puede ser la fórmula del éxito para estos chicos», matiza el experto.

Al final del camino

Acabamos esta hoja de ruta en los estudios superiores, sean los que sean los elegidos. Salvo excepciones, el primer día de estos estudios representa la entrada real en el mundo de los adultos, y el joven lo vive como el inicio de la mejor etapa educativa de su vida. Aquí, un joven de 18 o 19 años ya ha tenido muchas experiencias previas como para tener que recomendarle qué hacer ese primer día de clase. «La mejor recomendación es que sea abierto, muy, muy estudioso, comprometido con los demás y con los que menos tienen, y que tenga claro que su futuro no va a depender únicamente de las calificaciones que obtenga en la carrera, sino que va a depender de su actitud ante la vida: es adulto y debe tener claro que siempre, sea en la Universidad, en un ciclo superior de FP o en el trabajo (o en la vida), hay tres actitudes fundamentales para conseguir algo, que son el compromiso, el esfuerzo y el sacrificio», afirma el profesor Cima.

«Quizás no estén actualmente de moda, pero definen el éxito personal, profesional y social. Y también, que el fracaso no es el fin de algo, es el principio de otra cosa. Cuando fracasamos dedicamos tiempo a pensar en qué nos hemos equivocado, y este periodo de reflexión es fundamental para empezar de nuevo. Por esa razón debe desterrar de su lenguaje la palabra "fracasado" como algo monolítico y que no se puede cambiar», añade el profesor. Con todo, las expertas de la Francisco de Vitoria apuntan ciertas claves que pueden servir de ayuda:

  • 1

Acudir a todas las jornadas de acogida previas, a fin de conocer los nuevos destinos.

  • 2

Conocer los recursos que la universidad o el centro en cuestión ponga a su disposición.

  • 3

Interiorizar que la organización, en todos los aspectos, es beneficiosa. Tomar apuntes de lo que digan los principales profesores, saber en qué grupos estás matriculado, conocer las guías docentes, saber qué asignaturas se cursan, las modalidades de evaluación, etc.

  • 4

Establecer unas rutinas de estudio. Acudir el primer día sabiendo cómo organizarse será más fructífero que pensar que esta etapa pasa por la persona de manera liviana.

  • 5

Saber quién eres es un proceso que ha llevado años de consolidación. Hay que mostrarse tal y cómo se sea, de manera asertiva y espontánea.

  • 6

Implementar el programa de actividades extracurriculares facilitará la socialización con los iguales.

  • 7

Buscar estrategias para equilibrar el tiempo de ocio y el tiempo lectivo serán útiles para establecer y regular los tiempos de trabajo de manera plausible.

  • 8

Pensar que lo principal es disfrutar del nuevo camino que se emprende y que con él se consolidará la etapa adulta, que se ha deseado desde que se era pequeño.

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