La fiesta del Guirria goza de buena salud. Ni siquiera la desapacible mañana con la que se recibió a nuevo año en Ponga pudo evitar que un buen número de curiosos y habituales de la ancestral celebración acudieran a San Juan de Beleño para disfrutar de las correrías del mítico personaje, ataviado como siempre con su gorro de pico, una máscara con pobladas barbas y un colorido traje de enormes cuadros.
Junto a él, diecisiete mozos solteros del pueblo le acompañaban a caballo en su recorrido, en el que se dedica a besar a las mujeres (especialmente a las solteras) y arrojar ceniza a aquellos hombres que tratan de dificultarle la labor. Mientras tanto, el resto del grupo pide el aguinaldo por todas y cada una de las casas de Cainava y San Juan de Beleño. La labor les ocupó toda la mañana y buena parte de la tarde. En agradecimiento a los dineros, que en un buen año pueden acercarse a los 3.000 euros, los aguinalderos responden con canciones populares.
Pero los cambios sociales de los últimos tiempos también afectan a la fiesta. Más de un aguerrido mozo tuvo que escapar del Guirria, que este año decidió besar también a los chicos para hacerles pasar un mal rato. «Dame un par de besos, que ahora ya se permite todo», le espetó el personaje a uno de sus vecinos. También hubo quien preguntó si con la nueva ley antitabaco «se les permitiría fumar a los mozos mientras cantan por las casas». Por fortuna, el Guirria sabe adaptarse a los nuevos tiempo.
A pesar de que este año hubo menos aguinalderos que en ocasiones anteriores (en 2005 se contaron 30 jinetes), el futuro de la fiesta parece estar asegurado. Y es que, aunque hubo menos solteros, también participaron más niños. Un total de diez pequeños cabalgaron sobre otros tantos burros a una distancia prudencial de los mayores. También ellos llegaron hasta Cainava, pidieron el aguinaldo y cantaron las mismas canciones. Recibieron, eso sí, dulces en vez de botellas de vino y pinchos.
Alejandro Alonso es ya el segundo año que cumple con la tradición y se sube a lomos de un burro el día de Año Nuevo. Él fue de los que llegó a la cabeza de la comitiva de los más pequeños a Cainava, unos veinte minutos más tarde que los mayores. Un volador, cerca de las doce y media de la tarde, había marcado la salida del Guirria desde Baraes.
Como una flecha, pasó por entre la multitud de vecinos y turistas que le aguardaban, repartió varios besos y se marchó como alma que lleva el diablo hacia Cainava. Era la segunda ocasión en la que este mozo encarnaba al travieso ser. «La otra vez escapaban las mozas de mí, pero este año casi soy yo el que tiene que escapar de ellas», aseguraba. Las cosas ya no son como antes.
Fotogénico
Muchas fueron las que, lejos de asustarse, se acercaban a él para sacar una foto juntos. «Ahora ya puedo decir que conozco al Guirria», presumía Nieves del Castillo. Esta gijonesa disfrutaba por vez primera de la más madrugadora de las fiestas de la comarca. Como ella, un grupo de jóvenes polesos descubrían la ancestral tradición. «Nunca lo había visto, es muy original», reconocía Manuel, de Argüelles, en Siero.
De ese mismo concejo, y como hacen desde hace cuatro años, visitaron Ponga unos 12 miembros de la peña Villarea de Valdesoto. «Sacrificamos la Nochevieja para venir aquí y luego comemos todos en Sellaño», explicaba Javier Estrada, su presidente.. «Pero merece la pena», aseguraban sus compañeros.
El presidente de otra asociación, esta vez pongueta, repartía a todos los presentes un calendario con una foto del Guirria. La Peña Beleño es la encargada de organizar la gran fiesta veraniega del pueblo. Hasta 600 personas se reúnen en una gran costillada cada año.
Pero en la fiesta de El Guirria, lo que los vecinos reparten a los solteros son 'corbates': castañas cocidas en una olla de agua y sal. Cada vez son menos los que siguen esta tradición. Ángel López y Alicia Martínez, ambos de más de 70 años, son de los pocos que aún no las han sustituido por tortillas, canapés y suspiros de Cainava, unas galletas de harina, manteca y azúcar.
La lluvia apenas dio tregua ni a unos ni a otros, aunque hubo momentos en los que el sol se asomó por entre los nubarrones para reflejarse en las laderas nevadas. La fiesta concluye en la víspera de Reyes, cuando las solteras del pueblo invitarán a cenar a los aguinalderos. Antes ellos les hicieron los pertinentes regalos. Cada uno a la que le había tocado en el sorteo que se celebró en uno de los bares del pueblo la pasada Nochevieja.
La tradición sigue, aunque quizás en el futuro tendrá que seguir adaptándose al siglo XXI. ¿Llegaremos a ver un sorteo en el que los mozos reciban regalos de sus vecinos? ¿Habrá algún día en el que alguna soltera encarne al Guirria? La solución a estas y otras cuestiones, tal como los mozos cantan, «para el año venidero». O para los siguientes...