Parece fuera de duda que los tiempos se apresuran a mudar de piel, es decir, que los ríos ya no discurren por el mismo cauce de antaño, del mismo modo que museos y parques tecnológicos se han convertido en un remedo artificial de tantas cosas que han pasado a otro estado, nunca se sabrá si mejor o no. Y como no podía ser menos, también la cultura de la solidaridad y de la resistencia se ha visto sustituida por otra que si bien no produce los mismos resultados, al menos resulta menos fatigosa.
Puestos a elegir entre el todo y la nada, nos hemos vuelto muy escépticos y escasamente imaginativos, así que, por si acaso, preferimos acuñar la moneda de las compensaciones, quizás porque de este modo -compensa, que algo queda- eludimos el riesgo de que una ligera brisa exponga al aire nuestras vergüenzas más íntimas.
No hay día en que los agentes sociales e institucionales dejen de utilizar la palabra mágica, el abracadabrante término que deja satisfechos a unos y a otros, sobre todo porque, cuando dos no discuten, el sudor tiene asegurada su cuota de permanencia durante más tiempo.
Por lo que a nuestras cuencas se refiere, las compensaciones se cocinan con bastante abundancia. Hoy son los sindicatos los que prefieren que los mineros envejezcan en sus casas (a nadie le interesa pensar que sus hijos tendrán que hacer las maletas antes de tiempo), a costa de disminuir los puestos de trabajo, o los políticos de turno, que no cesan de hacer rogativas compensatorias a todas horas (veremos en cuál de ellas queda encajado el pantano de Caleao).
Siempre creí que existían dos tipos de personas, los que tienen la costumbre de mostrar el lado pesimista del mundo haciendo un ejercicio visual: «No merece mucho la pena abrir los ojos», dicen, «para todo lo que hay que ver», y los que, por el contrario, sabedores de que el mundo está lleno de obstáculos, prefieren aguzar la vista no sea que una valla se los lleve por delante.
Desconocía que también hay otra parte de la especie humana que disfruta tanto con su afición al trueque. Vale que de pequeños hayamos sido aficionados a cambiar cromos de nuestros ciclistas o futbolistas favoritos, pero de ahí a la facilidad con la que canjeamos nuestro futuro, hay un buen trecho. Aunque quizás sea más correcto decir una buena compensación.