La flota gijonesa está, de unos años a esta parte, compuesta por barcos predominantemente artesanales, muchos de ellos dedicados al marisco con artes menores. Pero también hay gijoneses enrolados en la pesca de altura, como Miguel Ángel Rodríguez Nuño, que lleva varios años trabajando de jefe de máquinas para Inpesca, una empresa bermeana que captura atún en el océano Índico.
La última vez que desembarcó, para disfrutar de unos meses de vacaciones, lo hizo del 'Txori Bat', un barco que, más que pescar, sirve de 'ojeador' para favorecer las capturas del 'Txori Argi', a bordo del cual también trabajó, así como del 'Txori Toki'. En definitiva, se trata de una flota completa que opera en el Índico, dedicada a la pesca de atún.
Las campañas de estos barcos, de más de 100 metros de eslora, duran cerca de cuatro meses, con breves escalas, si llega el caso, para descargar partidas de atún de entre 1.800 y 2.000 toneladas.
El almacenamiento en las bodegas se realiza por congelación a 16 grados bajo cero y en salmuera, para facilitar la conservación adecuada antes de llegar a las fábricas. El consumo en fresco no es su mercado y los principales clientes se encuentran en Japón, Estados Unidos y, en Europa, sobre todo Italia, además de España.
Los pescadores de altura pasan habitualmente entre un mes y mes y medio sin tocar tierra. El negocio está en la mar y poco después de descargar las capturas, realizadas entre la costa de Somalia hasta el estrecho de Mozambique, con las islas Seychelles en el centro, los barcos vuelven a faenar. Son mercantes, con bodegas frigoríficas, los que se ocupan luego de transportar el pescado a las conserveras, ya sea en Asia o en los continentes europeo y americano.
Llenar las bodegas o agotar el gasóleo son dos de las principales razones para dar por concluida una marea y dirigirse a puerto. Un pesquero de altura carga unos dos millones de litros de gasóleo, que le conceden una autonomía próxima a los dos meses de faena.
Los 'Txori' tienen una buena logística de apoyo a su actividad. No se trata sólo de buques 'ojeadores', también portan helicópteros para localizar el pescado.
En todo caso, la experiencia es un grado y los capitanes conocen que las firmas armadoras confían en pescadores cualificados para dirigir el barco en la dirección más provechosa. Dicha confianza se extiende también a la tripulación, pues todos los embarcados trabajan «a la parte». Los ingresos dependen, en gran medida, de la cantidad que se pesque, sin perjuicio de que exista un mínimo fijo.
Los barcos
La pesca de altura está encomendada a grandes barcos con porte en absoluto inferior al de algunos mercantes. Los 'Txori', a bordo de los cuales navega Miguel Ángel Rodríguez, tienen 139 metros de eslora y 32 de manga, algo que nada tiene que ver con la pesca diaria de bajura. Albergan a cerca de 40 tripulantes y sus redes, de cerco, una vez extendido el copo, tienen 2.000 metros de largo y 240 de alto.
Cada lance, si las cosas van bien, dura entre dos y tres horas, y, en condiciones favorables, saca del agua entre 300 y 400 toneladas de túnidos, si bien la media oscila entre 50 y 60 toneladas. El más apreciado es el Cimarrón, con piezas de entre 6 y 40 kilos, pero el más abundante es el Listado, con piezas de entre 2 y 30 kilos de peso. Otra variedad, la de mayor tamaño, es el Patudo, que puede llegar a los 100 kilos por pieza.
Vascos y gallegos conforman las tripulaciones, a las que se suman no pocos africanos. Miguel Ángel Rodríguez asegura que son pocos los asturianos que trabajan en estas lides.
Acosados y tiroteados
Como curiosidad, Miguel Ángel Rodríguez Nuño refiere que «no es infrecuente recibir el acoso de piratas». No se trata exactamente de barcos que intenten abordar al pesquero, o que busquen obtener un botín, ya que eso sería poco menos que imposible si se tiene en cuenta que los extorsionadores utilizan embarcaciones rápidas de escaso porte.
El objetivo de los piratas del siglo XXI es impedir la navegación por las aguas que tratan de controlar, posiblemente para reservar su explotación a intereses determinados. El caso es que algunos barcos fueron acosados y tiroteados por visitantes inesperados y alguna tripulación resultó secuestrada varios días. Si los piratas llegan, una práctica habitual es rehuir el enfrentamiento. Un aparejo de pesca de bonito con arte de cerco cuesta entre 360.000 y 420.000 euros, demasiado dinero para afrontar riesgos innecesarios.
Nuño participó en 2003 en el buque que logró récord de pesca anual de atún, con 22.000 toneladas, aunque una buena media es de 12.000. Es el premio a una dura vida que obliga a estar habitualmente dos meses sin pisar tierra.