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Martes, 17 de enero de 2006
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Su primer llanto lo dio en plena M-30. No, no estaba horrorizada por la selva de grúas y las impertinentes zanjas. Tania acababa de llegar al mundo y ya había vivido la mayor anécdota de su vida. Sus padres también lloraban: la alegría y el miedo que aún tenían metidos en el cuerpo eran los culpables.
 

 

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