Rosindo Marqués Pinto tenía 31 años. Llegó a Gijón desde Portugal con apenas tres meses y se instaló con su familia en El Coto. A los 18 años conoció a su mujer, Salem Sirgo, con la que tuvo un hijo que cumplió diez años el mismo día en que hallaron su cadáver. Era un joven «muy simpático y cariñoso, incapaz de matar una mosca». Los padres, hermanos y cuñados lloraban ayer su pérdida en el tanatorio. Rosindo, 'Rochi', como le llamaban en casa, llevaba meses sin trabajar debido a una enfermedad. «Siempre tenía mucha suerte. Encontraba trabajo en un día, como palista, en todo tipo de obras», recuerda su hermana Fátima.
Su adicción a los tranquilizantes y las pastillas pasó factura a su matrimonio. Rosindo intentó hasta el último día de su vida recuperar a su mujer, pero el reencuentro definitivo nunca se produjo.
Esta situación le sumía en una depresión casi permanente que le llevaba de nuevo a las drogas de diseño. Su familia sabe que, en ocasiones, cometía pequeños hurtos, pero también que «nunca le hizo daño a nadie. Mi hermano sólo era malo para él. No tenía enemigos. El único problema que tenía eran las pastillas», señaló Fátima.