CARLOS Marx corrigió aquella intuición de Hegel según la cual todo en la historia se repite dos veces y matizó que, bueno, sí, dos veces, pero la segunda como parodia. Eso fue a propósito de Luis Napoleón. No es original recordarlo ahora, pero sigue siendo actual, sobre todo cuando uno contempla el paródico retorno de Jesús Quintero a TVE.
El retorno del veterano presentador se nos había vendido, una vez más, como uno de esos gestos de distinción que tienen que devolver a la pública su carácter de cadena seria, de calidad, «de referencia»; un discurso razonable, pero que TVE está interpretando bajo la discutible convicción de que hay que volver a la televisión de los años ochenta.
Como primera evaluación, cabe la broma de Marx: Quintero ya no es él mismo, sino una autoparodia. Aquellos silencios que antaño parecían filosóficos, ahora parecen gags de humorista; aquellos visajes de esfinge que antes juzgábamos dramáticos -los ojos entornados, los labios estrechos como un horizonte de estepa-, ahora nos son tan impostados, tan artificiales, que nos resultan cómicos.
Era como ver a Quintero imitando a Cruz y Raya imitando a Quintero. Todo en el programa se resentía de aire ficticio. Para empezar, la propia exposición de imágenes: entre cambios de decorado, cambios de invitado y cambios de vestuario, uno terminaba sospechando que esto no era un programa, sino un collage compuesto con trocitos de entrevistas anteriores.
El mismo carácter invertebrado aquejaba a la selección de entrevistados. Los invitados convencionales fueron demasiado convencionales: Alejandro Sanz, Antonio Gala o Santiago Segura son personajes que ya, a estas alturas, no valen tanto por lo que dicen -porque todo lo han dicho demasiadas veces- como por la rentabilidad de su rostro, por el mero hecho de comparecer.
Respecto a los otros invitados, los 'freaks', esas gentes del común que Quintero ha sacado de la calle anónima para convertirlas en iconos televisivos, está claro que sólo funcionan una vez. Respecto a la reacción de los espectadores, no ha podido ser más gélida: un 15,3% de cuota de pantalla, que es una calamidad en el 'prime time'. Esto huele a resbalón.