Amable, como todos los grandes hombres, y generoso, como sólo los que tienen mucho que dar pueden serlo, se mostró ayer, de nuevo Günter Grass en Oviedo. Regresaba este alemán, figura capital de la literatura universal, a la ciudad que casi siete años antes puso en sus manos el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y lo hacía bajo la misma boina y las mismas gafas de pasta intelectual. También con el mismo agradecimiento. Según él, aquel galardón asturiano que predijo el que, pocos meses después, le entregaran en Estocolmo, no fue ni un prólogo ni un anuncio del Nobel: «Yo diría que no, sencillamente, porque el Premio Príncipe de Asturias está en una importancia similar al Nobel».