LOS fenicios, antiguos pobladores del Mediterráneo, se hicieron famosos por ser unos grandes comerciantes. Su táctica era la siguiente. Llegaban en sus barcos y en poco tiempo aprendían la lengua, compartían las costumbres y hasta la manera de vivir en cada lugar. Tan hábiles eran sus dotes para el comercio que se integraban en una nueva cultura con rapidez asombrosa. A diferencia de Roma, que imponía sus leyes y forma de vida, buscaban mezclarse con los habitantes de la zona y eso les hizo conquistar pacíficamente todo el Mediterráneo conocido de la época.
Bien, digo todo esto porque ciertas cosas que se ven con el nuevo Estatuto catalán pretenden hacer todo lo contrario a lo que fue la cultura fenicia. Ciertas partes del nuevo Estatuto, sobre todo en el tema de la lengua catalana, parecen querer blindar a Cataluña cerrándola al resto del mundo. No sé si esto habrá sido suficientemente analizado por los redactores del mismo, pero el hecho indubitable, es que una sociedad que impone su lengua y no deja que la misma sea compartida por otras es una sociedad cerrada, que acabará irremediablemente en la autarquía. Veámoslo de la siguiente manera. Una empresa que se quiera instalar en Cataluña, gracias al nuevo Estatuto, estará obligada a aprender catalán a la fuerza. No es ya, según el pensamiento fenicio, que lo empleé porque le interese fomentar relaciones comerciales en la zona, no, simplemente en sus mismos comunicados internos estará obligada a usarlo (y si no tendrá una denuncia a manera de la inquisición por ello). En un mundo donde el idioma comercial es el inglés, donde el idioma cooficial, el castellano, es un gigante hablado por los cuatro continentes, donde se inventan nuevas formas de comunicación constantemente (los sms, email, etcétera) ¿creen que las empresas pueden permitirse el lujo de reformar toda su infraestructura por cumplir una ley lingüística desaforada?, ¿no creen acaso que esto favorece la deslocalización de empresas?, ¿piensan que esto representa alguna ventaja a la hora de atraer inversiones?
La segunda parte de este desaguisado estatuario viene por el capital humano. A una de las sociedades más abiertas del mundo, la de Estados Unidos, la hizo grande precisamente que su idioma oficial, el inglés, era compartido con muchos otros sin mayores polémicas. Hay zonas donde se habla el castellano (Florida, por ejemplo), o donde se habla el francés (New Orleans, verbigracia) y, ¿piensan acaso que eso fue un problema? Pues no. Los emigrantes valoraron siempre esta laxitud lingüística como una manera de favorecer la integración. Este mismo proceso, el de aceptación de emigrantes, fue el que hizo prosperar también a Cataluña. Buena parte de andaluces y extremeños encontraron en la pujante industria catalana no sólo un trabajo, sino también unas condiciones de vida dignas para ellos y sus futuras generaciones (hasta algún redactor del famoso Estatuto proviene de allí). Este material humano, valioso y que ha sabido contribuir decisivamente a que Cataluña sea más próspera, con las nuevas formas en materia de lengua que se quieren imponer se acabará perdiendo. Díganme, pues, si favorece acaso la movilidad laboral el que un trabajador tenga que aprender el catalán a la fuerza aunque su destino sea de unos pocos años, o si es bueno para recibir emigrantes (sobre todo sudamericanos) que tengan que aprender otro idioma, ¿Piensan, no sé, que un relevante científico, un investigador, o un experto en algo no va a tener esto en consideración a la hora de aceptar como destino Cataluña?
Cuanto más cerrada sea una sociedad menos crece. Piensen en el ejemplo de la antigua Unión Soviética. Su nivel de bienestar hacia el ciudadano era nulo porque no aceptaba ningún tipo de injerencia del exterior. La Cataluña que quiere construir este Estatuto parece seguir la máxima de las sociedades involucionistas por excelencia: Cataluña para los catalanes. ¿Creen que esto será bueno para su futuro? Yo no.