 NARRADOR. Justo Vasco, durante una sesión de fotografías para una entrevista, en el puerto deportivo de Gijón, muy cerca de su casa. / E. C.
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| SU OBRA |
Fragmento de su novela
'Mirando espero' (1998)
Estoy aquí sentado, esperando. Él no tiene prisa... yo sí. Pero en unos minutos, todo cambiará. Él sentirá su último apremio, pero no podrá hacer nada. Y yo más nunca tendré nada que temer. Más nunca. Porque los muertos no temen nada. Yo estoy aquí, y estoy también allá, en la bañera, dormido, plácidamente dormido, dormido para siempre. Y tan pronto termine, él y yo estaremos juntos, y no habrá motivo para apresurarse. Tendremos todo el tiempo por delante. Él querrá preguntar, pero no podrá. Y si puede, no encontrará respuesta. Porque yo estaré con él, pero también estaré tan lejos de él como si nunca hubiéramos coincidido en el mundo. Lo presiento, dentro de poco él llegará. Subirá al apartamento, abrirá la ventana y comenzará a espiar con sus binoculares. Su mirada pasará una y otra vez por encima de mí, y no me verá. Creerá que es el cazador, pero será la presa. Se tomará un descanso, encenderá un cigarrillo, mirando de vez en cuando hacia acá. Entonces, estará a mi disposición. |
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Justo Vasco Colas (Cuba, 1943) murió ayer en el Hospital Central de Asturias, en Oviedo. Tenía 62 años y fue incapaz de sobreponerse a un derrame cerebral que le dejó en coma irreversible desde el domingo.
Escritor, periodista, tertuliano y traductor, era uno de los coordinadores del encuentro literario de la Semana Negra. Un certamen que marcaría su vida más allá de lo meramente profesional. En él participó como escritor invitado desde su tercera edición y en él también conoció a la que sería su esposa, la escritora Cristina Macía. El matrimonio decidió desde entonces, hace ya más de una década, afincarse en Gijón y desde ese momento desarrolló en la ciudad buena parte de su actividad profesional, en ocasiones, conjunta.
Debido también a sus vínculos con la Semana Negra, Justo Vasco consolidó sus amistades con escritores como Paco Ignacio Taibo y Luis Sepúlveda -éste último también se afincó en la ciudad tras conocerla por su participación en la Semana Negra-, con los que nunca dejaría de colaborar tanto en el encuentro policiaco como en el Salón del Libro Iberoamericano.
Justo Vasco, cubano de nacimiento, era un apasionado de la literatura negra, una afición que pronto se convirtió en medio de vida. De hecho, ayer sus amigos recordaban cómo con el primer dinero que ganó en la Semana Negra se compró unas ruedas para el coche porque en Cuba escaseaban. Al género, al que calificó como «la literatura social de la actualidad» dedicó su labor como traductor, escritor y también como ponente en los foros especializados más prestigiosos. Precisamente en Barcelona se le esperaba para participar el próximo mes en unas jornadas como uno de los conferenciantes invitados.
Pero ha sido su labor como traductor, su respeto a la lengua original de los autores y su conocimiento de los recursos policiacos lo que hizo de Justo Vasco uno de los mejores traductores al castellano de novela negra. Gracias a él se pueden leer en español obras de más de cien autores rusos, norteamericanos, italianos y eslovenos. Como escritor Vasco es autor de las novelas 'Completo Camagüey' (1983), 'Primero muerto' (1986) y 'Contracandela' (1994), todas ellas en colaboración con el uruguayo Daniel Chavarría, así como 'El Muro' (1990) y 'Mirando espero' (1998), su último libro. Su obra fue traducida al francés, italiano y griego. En 1994 obtuvo el Premio del Concurso de Relatos de la Semana Negra por su cuento 'Y en eso llegó Bebo'.
Ayer la noticia de su muerte repentina, después de superar un trasplante de riñón, cayó como una losa sobre sus amigos, que dieron consuelo a su esposa y a sus hijos, Enrique y Laura. Los restos mortales de Justo Vasco serán incinerados mañana en la intimidad familiar. Hoy se celebrará un acto de despedida a las cuatro de la tarde en la sala de su velatorio del Tanatorio de Cabueñes.