Los dos hermanos detenidos el martes por su presunta implicación en el crimen de La Coría han declarado en la comisaría de Policía de Gijón que no asesinaron a Rosindo Marqués Pinto. Según su versión, salieron con la víctima de copas la noche del 16 de enero, después de que hubiera estado con su hermano Pedro. Según explicaron, los tres se reunieron pasadas las ocho de la tarde pese a que la intención del fallecido era regresar a casa para descansar, tal y como le dijo a su hermano al despedirse de él, sobre las ocho de la tarde. Ya de madrugada, se separaron y cada uno siguió su camino.
Este relato es el que repiten una y otra vez los dos hermanos arrestados. Hoy serán puestos a disposición del juzgado de guardia. El magistrado deberá dirimir si la información aportada hasta el momento por los investigadores es lo suficientemente contundente como para encarcelarlos o si, por el contrario, no permite su imputación en el homicidio.
La Policía Científica trabaja contra reloj para encontrar algún elemento probatorio con el que esclarecer el suceso. Fuentes de toda solvencia indicaron que se está analizando abundante material ocupado en la casa de los detenidos, a fin de localizar restos de sangre o vestigios biológicos. Los dos hermanos fueron conducidos por los agentes hasta su domicilio, en la Tejerona, para presenciar el registro.
Al parecer, sacaron varias cajas de la vivienda con ropa, calzado y todo tipo de objetos personales. Entre todo el material intervenido destaca una caja de herramientas propiedad de uno de los sospechosos (Rosindo fue asesinado con una piqueta de obra que suelen emplear los enconfradores).
Los investigadores no han hallado aún pruebas contundentes, aunque sí existen indicios para proceder a la detención. Por esta razón, han prorrogado su estancia en las dependencias policiales el máximo permitido, 72 horas, para tratar de hallar elementos probatorios.
«Un chaval solitario»
Según pudo saber EL COMERCIO, las mayores sospechas recaen sobre uno de los dos hermanos, con antecedentes por homicidio. Acaba de cumplir 15 años en el centro penitenciario de Villabona y en otros penales españoles. Al parecer, fue condenado por un crimen pasional. Los arrestados y la víctima se conocían desde hace años, al haber coincidido en distintos lugares de El Coto. El centro Milsoles, en la calle de Quevedo, era uno de ellos. Los responsables de esta institución, dependiente de una ONG, se encargan de servir comida y dispensar metadona. Todos los asiduos a este lugar conocían a Rosindo. «Era un chaval solitario. No solía andar en pandilla, ni tenía un grupo fijo de amigos», explicó un hombre a la entrada del centro.
Rosindo acudía a veces a Milsoles para comer con sus amigos del barrio. «No se metía con nadie. Como mucho, discutía por chorradas, pero eran riñas tontas, por el tiempo, el sitio...». Su muerte aún conmociona a los que le conocían. Desde entonces, todos se preguntan «quién podía odiarle tanto».