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Miércoles, 1 de febrero de 2006
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Asturias
Treinta años sin Rocío Martínez
La familia de Rocío Martínez asiste con esperanza a la investigación que intenta localizar a asturianos desaparecidos en la dictadura argentina
RECUERDOS. Ángeles Borbolla, prima de la desaparecida, en la casa de Gijón donde ambas pasaron la infancia. / SEVILLA
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Rocío Ángela Martínez Borbolla tenía 31 años y dos hijos cuando desapareció. Estaba en su casa de Buenos Aires y «a las cinco de la mañana llegaron a por ella. Los niños eran muy pequeños. Cuando los militares se la llevaron ellos se quedaron llorando en el portal». Quien cuenta la historia es Ángeles Borbolla, la prima de la desaparecida. Ahora tiene 75 años y vive sola en la misma casa de Gijón en la que compartió infancia con Rocío.

En definitiva, es una de las familiares de asturianos desaparecidas durante la dictadura argentina. Los recuerdos vuelven a agolparse, e incluso alguna esperanza, ante la investigación que el Principado ha abierto con el fin de seguirle la pista a esas personas que, tras haber nacido en el Principado, encontraron un final cruel en el país sudamericano. En principio, son dos las asturianas que forman parte de esa lista, aunque hay sospechas de que el número puede incrementarse de manera notable.

Para saber si es así, el Principado ha establecido un protocolo de actuación con el Gobierno argentino, en concreto con la Unidad de Investigación de Desaparecidos. Según explica el director de la Agencia Asturiana de Cooperación al Desarrollo, Rafael Palacios, el rastreo se centra en el archivo nacional de desaparecidos. A partir de los datos «se buscan testigos para reconstruir las historias» y para, en su caso, confirmar las identidades y recuperar los cuerpos.

Pero la identidad de Rocío está clara. Nació en Gijón, en la casa donde ahora vive su prima Ángeles. «Yo me vine a vivir con ellos a los quince años. Vine a estudiar, porque soy de Cabrales». Durante muchos años compartieron techo rutina. «Cuando llegué ella era pequeñaja, pero ya se le veía muy espabilada».

Porque, asegura, «era muy guapa y muy lista». Llegó a hacer dos carreras, «Literatura y Magisterio», y ciertas inquietudes que la llevaron a meterse en política. De hecho, era «muy politiquera», dice Ángeles, y añade como con complicidad, «era roja».

Con el portero

El padre de Rocío, y tío de Ángeles, tenía fuertes vínculos con Argentina, por lo que regresó al país austral y se llevó con él a su familia. Dicen que a Rocío alguien la traicionó, incluso alguien próximo, y desde aquel día de 1976 no se volvió a saber nada de ella. Sus hijos, Bárbara y Walter, «se quedaron esa noche con el portero. Luego se fueron con sus abuelos por parte de padre, y luego se quedaron con los padres de Rocío». Hoy Walter está de regreso en Argentina, Bárbara vive en Valencia y su abuelo sigue en Asturias.

Pero sólo Ángeles sigue en esa casa y entre fotos y muebles de madera recuerda «la preocupación y el disgusto» que les provocó a todos la desaparición. También se acuerda de aquella vez que creían haberla encontrado. «Poco tiempo después de que se la llevasen llamaron al padre. Dicen que a veces metían a la gente viva en urnas, y habían encontrado varios cuerpos en esas urnas. Querían que el padre la reconociese, pero a la tercera que vio se desmayó. No podía seguir mirando».

Treinta años después de que todo eso ocurriera se vuelve a buscar el cuerpo de Rocío. «¿Cree usted que va a aparecer a estas alturas?» se pregunta su prima. «Más que indagamos y preguntamos... Y no se supo nada más».



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