elcomerciodigital.com
Jueves, 2 de febrero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares     Página de inicio
PORTADA ACTUALIDAD ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
OPINIÓN ARTICULOS
Tan libres como el océano
DEL puerto de Gijón, hasta el siglo XVIII, se salía a cazar ballenas en el mar Cantábrico, primero, después hubo que ir a buscarlas más y más lejos, allá por la Islandia en la que, según Julio Verne, el profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans se internaron por el cráter de Sneffels hacia el centro de la Tierra; por Groenlandia, la gran isla de hielo, aunque su nombre -se lo dieron los vikingos de Erik el Rojo- signifique «tierra verde»; por el archipiélago de Spitzberg, «en los confines del mundo habitable», según Emilio Salgari, que allí envió a los de la 'Torpa' en dramática búsqueda de los náufragos de otros dos buques, el 'Gotheborg' y la 'Tornea'; o por ese mar de Barents por el que Walton -el que Frankenstein le contó su vida antes de morir- navegaba la esperanza de alcanzar el polo Norte, «la cima del mundo», que según unos era un océano de aguas cálidas y según otros un hermoso continente, esto último era lo que deseaba encontrar el personaje de Mary Shelley.

Quise ser, ahora no, intrépido arponero, como lo fueron los de Gijón, como lo fue Koninson, el de 'Los cazadores de ballenas', otra de Emilio Salgari, y, al igual que él, lanzar diestramente el arpón: «...ondeó en el aire, tomó vuelo y salió rápido, vibrando como un rayo, atravesó dos olas, cruzó sobre una tercera, y fue a clavarse en el costado del animal...». Y aún no había leído 'Moby Dick'. Pero, como también quise ser pirata, acabé olvidando lo de ir tras esos cetáceos que para Plinio eran «tan grandes como cuatro acres de tierra», y a los que, ténganlo bien presente, hay que salvar, están en peligro de extinción, y ya saben quién tiene la culpa de ello. Te decían que los piratas eran unos tipos malos. Pero, en cambio, te dejaban disfrazarte de pirata -con lo sanguinarios que eran- y bien armado: cuchillo, eso sí, de goma, sable corto aparentemente de hoja muy afilada, también de goma, pistola que si disparaba algo eran corchos o agua, «parche en el ojo y pata de palo»... Y te dejaban ver películas de piratas, de las que había muchas, y era una gozada la de Jacques Tourneur, 'La mujer pirata', igualmente 'El temible burlón', de Robert Siodmak. También te dejaban leer tebeos de piratas, que no eran pocos. 'El Cachorro' era mi preferido, otra obra maestra del genial G. Iranzo, que en Gijón estuvo hace unos años participando en el Salón Internacional del Cómic. Pero de piratas, corsarios, bucaneros o filibusteros, ninguna novela como la 'Isla del tesoro', de Robert Louis Stevenson. Stevenson, en agosto de 1881, en Braemar, al norte de Escocia, inició esta novela. Lo que escribía se lo leía al pequeño Lloyd Osbourne, de doce años de edad, hijo del primer matrimonio de Fanny Osbourne -Stevenson se casó con ella en 1879-, que lo escuchaba encantado. Cómo envidié, supongo que sanamente, primero, a Lloyd. El propio Stevenson le contaba la novela. En segundo lugar, a Jim Hawkins, aunque fuera tímido. Pocos muchachos tienen la oportunidad de conocer a un pirata como John Silver 'El Largo'.

Cuando subía al cerro de Santa Catalina en compañía de mi abuelo, esperaba ilusionado que apareciese por el irregular horizonte del Cantábrico la goleta 'Hispaniola' con todo su velamen al viento, ondeando su temida bandera en lo más alto. Y, aunque ustedes no se lo crean, como tampoco mi abuelo se lo creía, sí aparecía, saludándome desde su proa John Silver 'El Largo', al que respondía alborozado, hasta que la 'Hispaniola' desaparecía como si de un buque fantasma se tratase, quedando sólo en la mar la estela de los barcos en que los emigrantes viajaban a América, tal vez a la isla de la Tortuga. Pasarían muchos años antes de que supiera, leyendo 'El Corsario', que de lo que soñaba oteando el Cantábrico ya había escrito lord Byron en 1814: «Cuando navegamos sobre las olas azules del inmenso mar, nuestras almas y nuestros pensamientos se sienten tan libres como el océano». Un sentimiento que, seguro, también tienen muchos gijoneses.



Vocento