AL menos los catalanes, puestos a pedir, piden más bien autonomía que dinero. No, no es lo mismo. Aspiran a limitar su contribución al común, no a que crezcan las contribuciones ajenas a su favor. Un «déjame a mí con lo mío» egoísta y, llegado a cierto punto, insolidario, pero no esencialmente injusto o abusivo. No así don Gabino. Este señor, regidor del municipio al que nadie discute su condición capitalina y cuanto chollo económico la acompaña, pese a no ser ni el más poblado ni el más productivo, digiere mal cualquier ruptura del monopolio que cree ejercer. La dotación ajena, aun del más próximo vecino, parece vivirla como expolio en carne propia, como vulneración del derecho natural que cree tener sobre cuanto en la región sea unitario y representativo. Si hay varios -juzgados, hospitales, escuelas- cada uno el suyo, pero mientras sea singular -Audiencia, Hospital, Universidad - entonces «todo ye mío». Le faltó tiempo para empezar a piarla con el presunto Museo de los Premios Príncipe que se anuncia para Avilés y, como si la lucidez se contagiara, su correligionaria gijonesa en jefe riñe a la alcaldesa local por no ofrecer el mismo mezquino espectáculo desde aquí.
Como si la catedral, El Musel, Aceralia y cualquier dotación de similar escala no excedieran su estricta localización pasando a ser patrimonio regional, seguimos disputando prebendas mientras se nos llena la boca de «ciudad astur» y de megalópolis triangular.
Avilés, el vértice más débil y castigado, venía esperando, pacientemente, poder demostrar que está en condiciones de rentabilizar lo que, por fin, puede tocarle envuelto en un 'niemeyer' de los herederos profesionales de Niemeyer que viene a ser como un 'sorolla' de los herederos profesionales de Sorolla. Posiblemente muy bueno.