AL fin, un presidente del Gobierno ha viajado a Ceuta y Melilla desde 1980, año en que Adolfo Suárez visitó oficialmente ambas ciudades. Pero el gesto no ha agradado a la oposición: «Los 'populares' -titulaba ayer un periódico- dicen que el mutismo del Gobierno y su ambigüedad alientan «las reivindicaciones marroquíes'». Efectivamente, Rodríguez Zapatero no ha esgrimido con gran beligerancia «la españolidad» de los antiguos presidios norteafricanos.
Al parecer, según la oposición, la relación con Marruecos debería basarse en la arrogante exhibición flamígera y activa de nuestra soberanía sobre las plazas, acompañada de alguna provocación concreta de tanto en cuanto para que no se apague la llama de la confrontación y podamos así lucirnos militarmente cada cierto tiempo en episodios como el de Perejil.
Así las cosas, tiene todo el sentido el chascarrillo que hemos escuchado estos días: para calibrar el valor de Rodríguez Zapatero, la oposición se preguntaba si tendría arrestos de ir a Ceuta y Melilla. Ahora, cumplido ya el viaje, la oposición se ha preguntado si tendrá arrestos para quedarse.