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Jueves, 2 de febrero de 2006
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OPINIÓN
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El gran estratega
YA ha terminado la cuesta de enero, que ha resultado esta vez una llambria con peligros para que se deslome el mejor de los escaladores. Las cuestas de enero son más aptas para ser transitadas por los trepas que por los que tienen que ir cargados con algunas de las cruces que la vida va poniendo sobre las espaldas. El Estatuto catalán, que ha sido durante meses una cruz casi insoportable, se ha resuelto por la lógica de de los argentarios. No sé si ha tenido que ver en ello el gran paladín, ejemplo de pragmáticos, que ejerció durante años como un punto que desde Cataluña se proyectaba sobre esos dos puntos situados en Madrid. La torpeza del sujeto impaciente, de bigote y sonrisa, debió de revolverle las entrañas a ese poeta del 'argentum', que durante su mandato enviaba la proyección de sus apetencias hacia un solo punto madrileño llamado autonomía. El pequeño gran hombre descubrió que en la irradiación desde Cataluña hacia esos dos puntos, llamados independencia y autonomía, la mejor forma para conseguir el primero era disparar con insistencia sobre el segundo.

El gran estratega catalán, que es aficionado a la montaña, sabe que los trofeos de cumbres se ganan subiendo una a una las pequeñas y medianas cotas, con la mayor perseverancia, para presentar las tarjetas de miles de metros de desnivel. El gran hombre de Cataluña, o los discípulos aventajados que le sucedan, seguirán pidiendo el día en que no necesiten pedir nada para llegar a ser independientes. Pedirán incluso a los que ya dependemos de ellos, porque suyos son el combustible y la energía; pero, además, en esta patria chica donde vivo también lo es el dinero, como me recuerdan cada mes los que gestionan mis hipotecas.

Exclúyanme, por favor, del agravio que dice sentir ese señor del bigote de púas, en la parte que a mí me toca como español. Yo dependo, que es lo contrario de ser independiente, del gas suyo, con que me caliento; de la gasolina que me transporta y del dinero con que me financian. Hasta suyo suele ser mi triste aliño indumentario, y suyo es el trozo de loza donde me alivio. ¿Qué más quieren? ¿Llevarme de esclavo, como patrimonial, o por insolvente, si no les pago, como hacían los antiguos gobernadores de la Tarraconense? Suyo soy, y me ven, a lo peor, como un jodido español que, siendo dependiente de ellos, no les deja ser independientes.

Hice estas reflexiones en un día en que iba a votar por una cuestión más banal que el dichoso estatuto. Simplemente para oponerme al principio de Peter, el que dice que una sociedad ha de crecer hasta donde sea completamente ingobernable. Quieran los dioses que todo salga bien, pero Peter se equivoca pocas veces.



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