Si hace treinta años eran las mujeres, desde bien jovencitas, las que soportaban el grueso de las cargas domésticas, hoy los roles comienzan a no estar tan claros. La mayoría de los jóvenes estudiantes de Secundaria, tanto chicos como chicas, aseguran que como mínimo hacen su cama los fines de semana. Algo impensable hace unas décadas. Ayudan a la hora de poner la mesa, de vez en cuando la recogen, habitualmente son los responsables de depositar la basura en el contenedor, pero, sólo en ocasiones, calientan su propia comida.
Ni que decir tiene que no la cocinan, jamás pasan un aspirador y no distinguen un macho y una hembra en materia de enchufes. En las aulas apenas se nota diferencia de sexos a la hora de responder a este tipo de encuestas, pero rápidamente en la clase práctica queda en evidencia quién colabora realmente en casa y quien no.
Hay que remontarse al pasado para encontrar la división de clases entre Labores y Tecnología, según fuera para ellas o para ellos. En los años 70 las niñas aprendían a coser un botón. Ahora no, y no saben hacerlo. Sus compañeros, por supuesto, tampoco.
Para paliarlo, las labores del hogar vuelven a las aulas. Eso sí, para todos. En Gijón, el Ayuntamiento acaba de poner en marcha un taller de supervivencia doméstica al que asisten 1.300 estudiantes de la ESO, de 17 centros tanto públicos como concertados. Es la prueba de que los tiempos obligan a transformar la mentalidad empezando por la de casa.
Para sobrevivir en el hogar se necesitan unos conocimientos básicos de limpieza, pero también de bricolaje. Por eso el taller de enseña de igual modo a planchar que a montar un alargador. Son ejemplos prácticos, pero en el fondo lo que están aprendiendo los jóvenes estudiantes es a no delimitar las tareas domésticas en función del sexo. «Se trata de que los chavales interioricen determinados comportamientos. Es una apuesta por la educación en igualdad», explica Covadonga Alonso, coordinadora del proyecto.
Paso a paso
La primera lección consiste en hacer la cama. En este capítulo los monitores se encuentran con que al método convencional le ha salido un competidor: la funda nórdica. La mayoría de las preguntas de los alumnos tiene que ver con ese cobertor de última generación que ha revolucionado el concepto tradicional de hacer la cama. Borja Pardo, uno de los monitores de Iniciativas Culturales y Deportivas de La Calzada, encargados de poner en marcha los talleres, tiene el secreto para que recoger la habitación no sea una tarea ardua: «Yo soy animador y me gusta jugar, por eso podemos empezar por plantearnos que hacer una cama es como encajar un puzzle, es hacer que encajen las distintas piezas. Si tenemos una funda nórdica disponemos de menos piezas y todo el proceso será más fácil».
Así, con un sencillo ejemplo y mucha práctica los chavales asisten entre perplejos y resabiados a los pasos que deben seguirse para dejar, como suele decirse, la cama planchada. Los primeros, porque confiesan que nunca se han aplicado en esos trabajos, y los segundos, porque ya llevan tiempo ayudando en casa. Pero para todos hay consejos: «Al final, para saber si la cama está bien hecha o no, podéis aplicar la prueba del Ejército español. Lanzáis una moneda sobre ella y si rebota y no deja huella está perfecta. Si deja huella está regular y si no rebota... Es mejor repetirla».
Lara Sánchez, de 13 años, cree que este tipo de talleres «ayudan porque así aprendemos a ayudar a nuestros padres que trabajan mucho». Lara cursa primero de la ESO en el IES Calderón de la Barca y es de las alumnas que asegura que colabora en casa, casi como uno más.
Brocas y taladros
En el aula contigua la clase se centra en el bricolaje. Atrás han quedado sábanas bajeras y almohadas, escobas y limpiacristales y empiezan a hacerse familiares términos como la broca, el destornillador, el cuadro de luces o los hilos de cobre. Las risas en clase surgen cuando la monitora Ana Vega explica lo que es un macho y una hembra en términos eléctricos. Los estudiantes van a aprender a hacer un alargador. «yo nunca manejé un cable porque mi madre no me deja», asegura Katia López, de 12 años. Sin embargo, cuenta que en más de una ocasión la ha ayudado a clavar un cuadro o montar una mesa. Alejandra Alonso, su compañera, admite que ya ha cambiado alguna que otra bombilla y sabe que «lo mejor antes de nada es bajar el cuadro de luces para que no te entre la corriente».
El mismo taller se desarrolla en el colegio Santo Ángel donde la monitora también es una mujer, para evitar que el cursillo esté viciado de base: «Les enseñamos cantidad de cuestiones básicas que cualquier día tendrán que poner en práctica. Son alumnos de Secundaria y muchos de ellos en pocos años estarán en la universidad y quizás viviendo solos. Aquí aprenden a empalmar cables, a usar masilla, un taladro y a evitar que una tubería, por ejemplo, tenga goteras», explica Eva Ablanedo.
María de Arriba, Verónica Amado y Borja Blanco, de ese colegio concertado, nunca en sus casas han hecho algo similar. «Son cosas que suele hacer mi padre», comenta Álvaro Corbato, de primero de ESO en el Santo Ángel.
Como ellos, más de mil escolares se enfrentan así por primera vez a lo que a grandes rasgos podrían llamarse lecciones básicas de independencia. Algún día podrán ser amos de su casa. De momento, solo son los 'amos'.