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Viernes, 3 de febrero de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
CRÍTICA DE MÚSICA
Gardiner mano a mano con Mozart
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Muchos intérpretes se centran en sus versiones en la tan cacareada fidelidad estilística. Es decir, en la búsqueda de una interpretación actual que suene o que se reproduzca de una manera igual a como podía sonar esa obra hace doscientos años. Sin embargo, si una interpretación sólo se centrase en el rigor histórico, se percibiría como una obra sin vida, como una versión muerta. Si al contrario, se prescindiese de todo academicismo para alterar tiempos, sonoridades, matices y masas instrumentales, nos encontraríamos con una obra que en el peor de los casos podría caer en el pastiche caricaturesco y en el mejor en una versión original, pero muy diferente a la ideada por el compositor. ¿Cómo conseguir una interpretación plenamente auténtica, que al mismo tiempo sea fiel al compositor y viva para el oyente y el intérprete? Uniendo, por un lado fantasía, espontaneidad y mucha naturalidad y por otro, análisis musicológico, primor en el detalle, precisión técnica, belleza formal y emoción de conjunto.

Esta fusión entre el rigor musical y la espontaneidad interpretativa, entre el control y la libertad es, en mi opinión, la clave de las versiones que hemos escuchado a Gardiner al frente de la Orquesta Revolucionaria y Romántica. Probablemente, y especialmente en la 'Sinfonía Júpiter', la mejor versión que he escuchado. Un milagro de obra y un prodigio de interpretación.

En el Mozart de Gardiner, el más pequeño motivo melódico, el más leve matiz, la más breve vibración expresiva tiene, dentro de la obra, una importancia trascendental. Como en esas novelas policiales en las que la resolución del crimen se busca en un mínimo detalle, en las versiones mozartianas de Gardiner nada es superfluo, todo está bajo control.

Y, sin embargo, bajo ese control exacto, preciso, brota una elegante naturalidad transmitida desde el director a los intérpretes, y desde estos al público. El resultado de todo ello, un concierto memorable, corroborado por diez minutos largos de aplausos (después de dos horas de música, tiene su mérito) y refrendado tras una exquisita propina sobre un fragmento de la 'Sinfonía Nº 1', de Mozart. En definitiva, el Mozart de la 'Sinfonía Júpiter', es decir el último Mozart, interpretado por los instrumentistas en pie como queriendo resaltar que tras cada músico hay un solista, unido a una obra temprana bajo la batuta genial de Gardiner.



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