Narran las crónicas periodísticas que Arctics Monkeys, un grupo de adolescentes de Sheffield, ha vendido en tan sólo una semana en el Reino Unido 360.000 copias de su disco de debut. Exceptuando un fenómeno televisivo que tampoco viene al caso, no se producía un cataclismo semejante en las islas desde la irrupción de los hermanos Gallagher con Oasis, que facturaron cincuenta mil copias de 'Definitely maybe'.
Los británicos, tan necesitados ellos de sensaciones fuertes y de inventarse dos estilos por semana, se han agarrado al frescor que destilan estos cuatro guajes y les han encumbrado al pedestal de la temporada, ese que el año pasado ocupaban Bloc Party, Kaiser Chiefs y un montón de ellos más. Coinciden con ellos en el desparpajo y la irreverencia propia de su edad.
El disco 'Whatever people say I am that's what I'm not (Domino, Pias, 2006) ha sido comparado con The Clash, The Jam o The Smiths, aunque tal vez sean más acertados los dos primeros.
La verdad es que el álbum apenas concede tregua al escuchante. Punk-pop-rock nervioso sería la credencial del cuarteto. Y no sé por qué, pero a uno siempre se le aparece el fantasma del Bowie de la edad de oro.
Pero al margen de su música, que se defiende solita con bastante solvencia, merece una reflexión el hecho de que la banda no sólo haya aceptado, sino incluso propiciado, las descargas gratuitas de sus canciones en internet ¿Y qué sucedió cuando editaron el primer disco oficial? Pues que esa turbamulta que se conocía los temas de memoria, corrió rauda y veloz a comprarse el disco. La Red ejerció más de aliada que de enemiga, lo que vuelve a reabrir el viejo debate sobre el papel de internet a la hora de dar a conocer la música de las bandas nóveles.